Por Javier Arias
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Un día se levantó y escuchó ruidos en la cocina. No es que fuera imposible que hubiera ruidos en la cocina a esa hora, todo lo contrario, porque temprano llegaba Antonia a ayudarlo con la casa. Pero, algo en ese ruido no encajaba en la cotidianeidad. Se calzó el par de pantalones que había dejado junto a la cama después de trasnochar viendo televisión y bajó.
Antonia estaba lavando los platos de la cena, le dio los buenos días y siguió con lo suyo. Pero él notó, creyó notar, una nota discordante en su voz, algo que definitivamente no era cotidiano. Recorrió la sala con la mirada, pero no vio nada fuera de lugar.
Se hizo un café y se lo llevó hacia la computadora a revisar sus mails.
Estaba seguro de que Antonia le ocultaba algo.
Entró en Facebook y se perdió durante varias horas. Discutió, debatió, carajeó y se peleó con dos o tres. De repente le dio hambre y se dio cuenta de que Antonia se había ido. ¿Cuándo se había ido? ¿Lo había saludado? Había estado rara toda la mañana, de eso estaba seguro, además, cuando había bajado la había visto muy rara, y encima ese ruido…
Trato de hacer memoria de cuánto hacía que Antonia trabajaba en su casa, ¿un año, dos? No, imposible, tenía que ser más, mucho más, por lo menos desde que se había divorciado, ¿o desde que se había ido Esteban? Bueno, se había ido, él lo había echado a patadas a ese parásito que con veinte y pico de años seguía siendo el mismo adolescente que se caía de la bicicleta en la plaza. O sea, ¿ya siete años? Era mucho tiempo para empezar a desconfiar.
Se hizo una milanesa de soja que sacó del freezer, la comió mirando televisión y dejó el plato con migas arriba de la mesa ratona.
Bueno, serán muchos años, siete, diez o veinte, pero no está escrito en ningún lado cuánto tiempo es necesario para cagar a alguien, ¿no? Estaba casi seguro de que Antonia le estaba robando algo. Revisó el armario de los licores, los contó como si realmente supiera cuántos había. Pero no le iba a robar tampoco una botella, ¿se los estaría tomando? Nunca le olió el aliento, pensó. Fue a su cuarto y revisó en el escondrijo donde guardaba los pocos pesos que tenía ahorrados. Parecía estar todo, estaba casi seguro. Casi.
Sonó el teléfono. Era Esteban. Le quería preguntar si había almorzado. Sí, una milanesa de soja, no, no quería salir, no, tampoco ir a cenar a su casa. Cortó.
Ahora se hace el adulto, le dijo al espejo del living; ahora que es papá se hace el adulto, se empezó a calentar. Claro, durante años se la pasó pelotudeando en su casa y ahora que tiene trabajo, esposa e hijo, se hace el adulto y me quiere manejar la vida a mí. Estamos todos locos.
Volvió a la computadora y vio que el imbécil de Casarossa le había respondido el post que había puesto a la mañana. No, no le había respondido, había destilado toda su ignorancia en forma de oraciones mal redactadas. Se tomó el tiempo de contestarle, no sin antes mandarlo a la recalcada conferencia de su hermana.
Quiso ver una película, pero la conexión se cortaba a cada rato y se cansó de reiniciar el modem. Y fue a prender la televisión, pero el control remoto no estaba por ningún lado. Levantó los almohadones del sillón, buscó en el baño, hasta fue al dormitorio, pero no estaba por ningún lado. Antonia y la puta madre, encima que le estaba robando le guardaba las cosas en cualquier lado. ¿O le habría robado también el control remoto? Imposible, ¿quién se iba a robar un control remoto? El que perdió el suyo, se respondió automáticamente. Se puso a pensar qué televisor tenía Antonia para ver si le servía su control remoto, pero cómo miércoles iba a saber él qué televisor tenía Antonia. No sabía nada de ella, de hecho, no tenía ni idea de dónde vivía. O sea, si un día se quería llevar media casa, no tenía ni dónde ir a buscarla. Sonó el teléfono de nuevo.
Puteando atendió. Una maldita encuestadora que se llevó puestas más guarangadas que Casarossa y familia antes de cortar. Encima una encuesta, además de Esteban que quería controlarle la vida, Lopecito que lo estaba cagando con la cooperativa y Antonia, que le estaba robando y le escondía las cosas.
Agarró el celular y empezó a buscar el número de Antonia para gritarle dónde estaba el control cuando se dio cuenta que había estado mirando televisión cuando comía la milanesa de soja. Bajó la mano del celular sonriendo y caminó hasta la cocina, ahí estaba, abajo del repasador.
Bueno, sí, no le había robado el control remoto, pero le tomaba los licores; no se iba a salvar un pomo, mañana mismo la iba a rajar, aunque le costara todos los ahorros, que a él no lo iban a seguir cagando así nomás, nadie más, nunca más.