Por Javier Arias
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Ayer fue mi cumpleaños, y no lo digo para que me manden regalos, presentes y saludos en forma de tarjetas virtuales, aunque depósitos bancarios a cuenta y orden de un servidor tampoco serán rechazados, no por lo menos con mucha convicción.
Lo comentaba para que se prepararan ya que pocas ganas de escribir nada, que los festejos, como siempre en mi casa, fueron medio gitanos y no se contentan con terminar en las veinticuatro horas del natalicio. Y uno queda de cama.
Así que vayan algunas perlitas para acaparar, en la medida que se pueda, la atención de los presentes.
Recostándonos en la silla y mirando hacia la ventana podemos comenzar añorando el cielo azul, que seguramente estará detrás de tanta nube y preguntar con voz somñolienta si alguien sabe por qué es justamente de ese color el cielo. No se amilane ante el silencio omnioso de la concurrencia, que más se perdió en la guerra, y respóndase a si mismo en voz alta y estentorea, que cuando la luz pasa a través de la atmósfera terrestre, los colores se desvían y dispersan, como si fuera un gigantesco prisma, en muchas direcciones. Y justamente el azul y el morado son los que más se desvían, haciendo que se dispersen por todo el cielo, por eso es que lo vemos de color azul. Si nadie le arrojó un vaso por la cabeza, continúe, que va bien. Si efectivamente le aciertan en plena mollera, busque hielo y continúe igual, que nadie triunfa si se rinde al primer obstáculo.
Ahora ya encare para el lado científico medicinal y acote que al nacer todos tenemos trecientos huesos, pero de adulto solo tenemos docientos seis. ¿Quién nos birló los huesitos que nos faltan? Haga caso omiso del borracho que promete devolverle los noventa y cuatro huesos a fuerza de martillazos en la mano y maraville con el siguiente dato.
Existe un estudio portugués que afirma que que más de 1000 aves mueren anualmente por estrellarse contra ventanas. O dejamos las ventanas abiertas o que las palomas comiencen a usar lentes de contacto.
En una de esas alguien intente cortar su racha ganadora sacando un mazo de cartas e invitando a la concurrencia a un truquito de seis, ante esta arma de destrucción masiva de las sobremesas mixtas, contraataque róbándose el papel y la birome para los puntos y afirme eruditamente que hay pocos números cíclicos y el 142857 es uno de ellos. La característica de estas cifras es que si se multiplica por cualquier número entre 1 y 6, los dígitos del producto resultante siempre serán los mismos que el mismo 142857, y hasta en la misma secuencia, sólo cambia el número de inicio. Así que 142857 por 2 es igual a 285714, 142857 por 3 es igual a 428571, 142857 por 4 es igual a 571428, 142857 por 5 es igual a 714285 y 142857 por 6 es igual a 857142. Increible, ¿no?
Si las curiosidades matemáticas no son el fuerte de sus compañeros de mesa y lo miraron mal cuando andaba haciendo cuentitas en el papel del truco, pruebe con la geografía, que si son gente viajada, seguramente disfrutarán. Pregunte si conocen cuál es el nombre de ciudad que está en todos los continentes. Obvio que es aquella que lleva cualquier camino, Roma, sí señor. ¿Y cuál es el deporte sobre el cual más películas se han realizado? No, el sexo no es un deporte, por más practicantes que tenga; no, el deporte que más películas inspiró es el box. Y siguiendo con la onda cinéfila, que siempre tiene más adeptos que los números, afirme que después de Adán, el único hombre sin ombligo fue el director de cine Alfred Hitchcock, a quien se lo eliminaron al suturarle una cirugía.
Seguramente Alfred andaba abrochándose los botones de la panza para no mostrar una ausencia tan notable, hecho que me lleva a preguntarme por qué los botones de las camisas de las mujeres están invertidos con respecto a la de los hombres. Y como siempre, ante este tipo de preguntas, tenemos una explicación histórica que la contesta. Cuando aparecieron por primera vez los botones en la ropa, estos eran sumamente caros, y por eso los usaban únicamente las clases acomodadas, acomodadas en sus fortunas. También era común en esa época que las mujeres de la clase alta fueran vestidas por sus doncellas, guarda de andar poniéndose un miriñaque solas. Por eso las modistas pusieron los botones a la derecha de la doncella, para facilitarles la tarea. Y como el hombre es el animal más fiaca de todo el reino animal, eso que se instauró en plena Edad Media, para facilitar la tarea de las doncellas, quedó hasta nuestros días.
Y acá los dejo, que si hasta ahora no ha logrado amenizar la sobremesa, lo mejor que puede hacer es ofrecerse a comprar helado de vainilla y hacerse unos buenos Don Pedro a modo de disculpa.