Por Javier Arias
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La ruta estaba tan oscura como desierta y el horizonte se veía tan lejano como inalcanzable. No terminaría nunca de acostumbrarse a las distancias de la Patagonia. La ventanilla baja dejaba entrar el viento helado que revolvía sus cabellos, disipando un poco, sólo un poco, el hedor a colillas viejas.
Al girar en una curva divisó, perdida entre las matas, una luz titilante en el camino. No supo calcular cuántas horas hacía que estaba detrás del volante de ese trasto, pero se dio cuenta que eran las suficientes para que su cuerpo le dijera que debía parar esa noche.
El hotelito apenas tenía pintado, con letras vacilantes, el nombre en rojo sobre la cal descascarada. Una lamparita colgaba sobre la puerta y ella estaba apoyada en el dintel, casi como si lo estuviera esperando. Le sonrió cuando lo vio bajarse del coche y lo acompañó hasta una de las mesas del comedor que olía a frito.
Por un momento creyó escuchar un coro de voces, pero se perdieron en el silencio y se olvidó en el instante de ellas.
Sentado frente al mantel de hule verde, veteado de grasa de guanaco, esperó que ella volviera. Un pasillo oscuro daba a varias puertas, que intuyó habitaciones, muchas más habitaciones de las que uno podría imaginar mirando el humilde edificio desde el camino. Y se sintió cómodo, se sintió casi en casa, en ese hotel perdido de la Patagonia.
Y su mente viajó, su mente de pronto se hizo brisa y lo llevó lejos, hacia atrás y hacia ayer. Los billetes desparramados sobre la cama, las valijas en el suelo, abiertas y con la ropa aún sin acomodar. Y ella afuera, esperando junto al coche, con todas sus curvas y todos sus recuerdos, con sus cicatrices y sus sonrisas. Y él, tratando de tomar fuerzas, de juntar los billetes, de salir a su encuentro.
Cuando sonó el celular y ella contestó, y fue un error. No tendría que haber contestado, ahora lo sabe, pero en ese momento no lo supo. Y él la escucho decir que sí, dos veces, tres. Y colgó. Y se apoyó en el capot del trasto y volvió a esperarlo, y prendió un cigarrillo sin decir más. Y al rato llegó el capitán, vino caminando, vaya uno a saber de dónde y cómo, y le rajó la cabeza de un balazo. La sangre salpicó el parabrisas, pero solo un poco. Y ella cayó, con un susurro de ropas, al costado del coche.
De nuevo esas voces, como un coro; levantó la vista, pero era un edificio de una sola planta. Volvió a mirar el hule verde contrariado, justo cuando las voces se silenciaron.
Y ella volvió, apareció en el pasillo, si le hubieran preguntado jamás podría haber dicho de cuál de las puertas había salido. Traía un pequeño plato con tres empanadas y en la otra mano un vaso de vino. Se sentó en una de las sillas y le puso la comida enfrente suyo. Tomó un sorbo del vaso y con un gesto suave le convidó, y le dio la bienvenida a ese hotel de la Patagonia.
Comió esa cena tardía, fría y rancia sin decir nada. Terminó el vino y apoyó el vaso en el mantel de hule. Mientras, ella lo miraba, entre intrigada y curiosa. Tenía una mirada profunda, casi como si le hablara. Si hasta en algún momento estuvo a punto de responderle, cuando se detuvo en seco, porque se dio cuenta que no tenía respuestas a ese tipo de preguntas.
Creyó oír de nuevo el coro, pero ella volvió a hablar y su voz lo ocultó: “Todos somos culpables de algo. Todos escapamos de algo. Todos, al final de cuentas, somos prisioneros”.
Y lo dijo tranquilamente, como si supiera que no había posibilidad de que nadie ni nada pudiera contradecirla. Como si supiera de dónde venía. Pero lo que más lo conmovió fue que en ese instante estuvo seguro que ella sabía, no ya de dónde venía, sino hacia dónde iba, en ese horizonte inalcanzable de la Patagonia.
Y ella se levantó, le pasó la mano suavemente por el hombro y volvió a perderse en el pasillo. Por un momento no supo que hacer, o sí, quiso huir sin esperar. Tirar la silla de un golpe, correr hacia la puerta, encender el trasto y acelerar por la ruta desierta sin mirar atrás. También quiso agarrar el cuchillo sin usar del mantel de hule y buscar a ese coro de voces que lo llamaba para terminar con todo esto. Y dudó. Como dudó frente a las valijas abiertas y los billetes desparramados, y el capitán, que de espaldas a la puerta se había quedado rezándole al cuerpo caído.
Finalmente se levantó, sin tirar la silla, sin tomar el cuchillo, y la siguió por el pasillo oscuro, olvidando por siempre la puerta, el trasto, la ruta, el cuerpo y al capitán.
Dejó todos los recuerdos afuera, en la puerta de ese hotel de la Patagonia.