Por Lazarillo de Tormes

Suele suceder, con los hechos delictivos más frecuentes, que la ciudadanía mantiene una moderada distancia de los mismos hasta que los vive en carne propia.
Están quienes advierten sobre la necesidad de la resocialización de los delincuentes, y al sufrir un hurto o robo a mano armada, piden una “condena ejemplar” o un castigo no menor a la pena capital, atentos al daño irreparable que provocó la situación emocional, más allá de la pérdida material de un bien adquirido, como bien podría ser un celular, una computadora, un vehículo, etcétera.
La criminalidad de Puerto Madryn es bastante particular: el mapa delictivo no arroja hechos de gravedad con la misma frecuencia que otras localidades como Trelew o Comodoro Rivadavia, donde los homicidios -bajo cualquier contexto en el que ocurran- suelen conformar estadísticas de dos cifras.
Sin embargo, la ciudad del Golfo es una “tierra tranquila” en gran parte de su extensión; las rejas en las casas no suelen ser un paso obligado para los vecinos, como así tampoco las alarmas en los vehículos y el “mirar por encima del hombro” cuando la luz de la luna ilumina la noche de aquellos que bajan de sus autos para ingresar a la comodidad del hogar.

El contexto y las consecuencias

En el último año, varios hechos han marcado a sangre y fuego la retina de los madrynenses: por un lado, el homicidio de Federico Lomeña y Héctor López, brutalmente ultimados en el marco de un entramado narco cuyas aristas probablemente nunca lleguen a conocerse en su vasta extensión, como ha sabido ocurrir con la mayoría de las causas que involucran al narcotráfico en la provincia; ejemplo, Poseidón, Tridente del Golfo, etcétera.
El contexto en el que ocurrieron dichos crímenes, no obstante, supone una configuración que bajo ningún contexto los justifica, sino que dibuja, poco a poco, un escenario que para muchos vecinos transita de manera invisible frente a sus ojos; la famosa “ciudad debajo de la ciudad”, donde poco a poco han comenzado a “caer” los integrantes de bandas dedicadas al narcomenudeo.
Ese escenario tiene protagonistas, actores y villanos, pero nunca héroes, y es allí donde el contexto delictivo arroja, frecuentemente, más o menos víctimas, acaso marcando otras problemáticas más profundas: léase, el acceso de los jóvenes a las drogas, el abuso de sustancias, el alcoholismo, la falta de oportunidades, etcétera.

A sangre fría

Pero en la última semana, concretamente en el mismo fin de semana, dos hechos volvieron a generar un cimbronazo en la tranquilidad del Golfo: el primero, el asesinato a sangre fría de una niña de seis años, cometido por su propio padre. Un individuo que no tenía un historial de consumo de estupefacientes ni de conductas violentas; ni siquiera denuncias por violencia de género o amenazas, sino, por el contrario, una relación de pareja fallida, un “despecho” y la decisión de quitarle la vida a su hija, con una alevosía pocas veces vista.
El hombre golpeó con sus propias manos el cráneo de la joven, provocándole fracturas, para luego realizarle una profunda incisión en el cuello.
Momentos después, el agresor salió corriendo “a pedir ayuda” a un vecino, comenzó a gritar con el cuchillo en su mano, lo clavó en su propio estómago, abrazó un árbol y comenzó a hundir el arma blanca en su cuerpo, en una actitud que no llegó a ser “suicida”, ya que efectivos policiales lo redujeron disparándole en la rodilla, para luego trasladarlo al Hospital, donde permaneció en observación y fuera de peligro. Consciente de sus actos. Será juzgado. ¿Será Justicia?

De padres e hijos

El otro episodio que se desarrolló el mismo día, con una continuación al siguiente, fue la pelea a puños limpios de un joven con su padre de 69 años.
Por motivos que aún se desconocen, ambos se trenzaron en una escaramuza que terminó con el hombre mayor en el hospital, donde fue atendido y enviado a su casa; posteriormente, fue atendido una segunda vez, y enviado a su casa una segunda vez.
Horas más tarde, fallecía de un paro cardíaco, probablemente provocado por las heridas sufridas: tenía el tabique y una costilla fracturados.
Hasta el momento, no hubo voceros oficiales del Hospital Zonal “Dr. Andrés Ísola”, entre ellos el director Raúl Franco y el director asociado, Fernando Urbano, que salieran a aclarar por qué el hombre fue “devuelto” a su domicilio presentando tal cuadro, que derivó en una hemorragia interna y en la muerte del hombre.

Llegar tarde

Paradójicamente, en un sólo fin de semana, un padre mató a sangre fría a su hija y un hijo mató a golpes a su padre, en dos hechos difíciles de comprender desde la “normalidad” aparente, por la escalada de violencia que ambos implican.
Y el mismo fin de semana, un hombre acusado de abusar de su hija se quitó la vida; el episodio tuvo lugar en una vivienda de Puerto Madryn, unas 48 horas antes de que la Justicia provincial condenara a la madre y al padrastro de un niño de hoy 12 años, por el delito de abuso sexual del propio menor que tenían a cargo, entre sus 5 y 9 años. Aberrante.
Como suele ocurrir, la opinión pública juzga este tipo de hechos por las particularidades individuales: un padre que mata a su hija, un hijo que golpea a su padre hasta provocarle heridas mortales. Pero la verdadera pregunta podría ser, qué es lo que está provocando el nivel de violencia que hoy transita la comunidad; una violencia y una agresión presentes en las situaciones más mínimas, como discusiones en la vía pública y hasta diferencias políticas, pero que encuentran en determinados perfiles de ciudadanos a sus catalizadores para concluir en hechos todavía más graves. Vale preguntarse, pues, si con este nivel de violencia, el hecho de que el autor de un homicidio sea finalmente condenado, realmente represente un nivel de Justicia aceptable para quienes son testigos de estos flagelos, una vez que los hechos ya ocurrieron.

Municipalidad de Puerto Madryn