Javier Arias
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Mi computadora no da más, está para atrás como dicen, apretás cualquier iconito y pareciera que los enanitos dentro de la CPU se ponen a discutir quién va a encargarse de hacer esa tarea, y después de asamblea, debate y votación por fin uno se digna a mover el traste para abrir el programa que uno quiso abrir hace una eternidad informática, tan para atrás está mi compu. A veces hasta escribiendo esta columneja, querido lector, me pongo a tipear en un estado de frenética concentración, sin mirar la pantalla, porque yo no escribo sin mirar el teclado como las secretarias recibidas de Pitman, no, yo escribo sin sacarle la vista a las teclas, que si lo hago se me chispotean los dedos y empiezo a escribir en rumano, bueno, como le decía, que me pongo a escribir completamente ensimismado en mis pensamientos y de repente levanto los ojos y me encuentro con que la muy zanguanga no escribió nada, está ahí el cursor, titilando como si yo fuera un ser completamente ajeno a su existencia y me mira esperando a que me digne a mandarle algún comando interesante. Nuevamente imagino a los enanitos en pleno piquete decidiendo si todo lo que yo había escrito es digno de ser publicado o no, son como mi primer editor, justamente, editor de textos, en eso debe haber pensado el que le puso el nombre a estos artilugios que transforman mi pensamiento virtual, que yo traslado a un trepidar arrítmico a cuatro dedos y dos manos y que luego evoluciona a unas letras de lo más lindas en mi pantalla y luego a su diario, ese que ahora mismo está usted leyendo. Y después de un tiempo que parece abismal y el titilar indiferente del cursor logra sacarme de quicio, de golpe escribe todo junto, con comas, puntos y demases, como aceptando a regañadientes toda esa sarta de palabras que a mí siempre me parecen de lo más geniales. Así de para atrás está mi compu.
Pero no pienso cambiarla, digo, es una tonelada de plata, mejor darle un purificador format C, que siempre viene bien e higieniza. El asunto es que uno tiene un montón de cosas que no quiere perder, desde escritos a fotos de primos lejanos, lo primero entonces es encararle al back up, esa tarea más odiosa que lavar los platos de toda la semana todos juntos, más inabarcable que tratar de poner en par todas las medias de una familia de ciempiés enloquecidos, una tarea de mierda. Y uno empieza a ver qué guarda y qué no, y se hace una montaña de bytes que ni Mahoma podría mover.
¿Cuánto puede guardar una computadora hoy en día? Mucho, muchísimo, más que todo el conocimiento maya, azteca, egipcio y grecorromano.
Todavía me acuerdo de mi primera Commodore 128 que me regaló mi viejo cuando yo tenía pocos, poquísimos años, no hace falta entrar en detalles a esta altura de los acontecimientos. Ese bicho hermoso no tenía disco rígido. No es que era muy chico, ni chiquitísimo, directamente no tenía. Uno trabajaba o jugaba y debía grabar o en dataset, que eran unos cosos rarísimos que grababa en los casetes de audio que hoy mismo pocos recuerdan, o en unos diskettes monstruosos, de nombre 5 ¼ de los que ya nadie, afortunadamente, se acuerda. Esos diskettes de 5 ¼ podían guardar la astronómica cantidad de 360 kb, ¡360 kB!, imagínese, atento lector, eso es lo que ocupa en estos días una foto de muy baja calidad, una porquería vea usted.
Después vinieron los diskettes más chiquitos y duros, esos andan todavía dando vuelta, tenían como una pestañita de metal que se movía para un costado y eran de plástico duro, podían guardar más de un mega, precisamente 1,44 megas, una barbaridad. Pero, como siempre, se quedaron chicos, me acuerdo de haber tenido alguna vez algún Windows en 22 diskettes de 3,5. Nadie puede imaginar en su sano juicio en estos tiempos tener que andar sacando y poniendo veintidós diskettes para instalar un programa, por más ganas que uno tuviera o tuviese, ¿no? Pero sí, de hecho lo hacíamos, y más de una vez por cierto.
Después aparecieron los zips, unas cosas extrañísimas que a mí me encantaban, eran como unos diskettes más gorditos y podían guardar 100 megas, una locura, pero eso sí, eso sí, tenías que tener una zippera para poder leerlos. Fuimos pocos los que tuvimos zipperas, pero fuimos felices por un tiempo.
Los CDs y DVDs ya son historia cercana, todos los conocemos, los primeros con una capacidad de entre 650 y 800 megas y los segundos la friolera de 1,5 Gigas, que para no andar con cuentas raras son cien veces lo que nos ofrecían aquellos antiquísimos zip de mi post adolescencia.
Demás está decir que no me alcanzan ni cien de esos DVD para guardar toda la porquería importantísima que debo resguardar antes de darle sin miedo al borrado final. Pero la tecnología siempre tiene una respuesta si uno tiene, por supuesto, la plata para pagarla. ¿Puede creer, querido lector, que ya los que saben no hablan ni de kbytes, ni de mega, ni siquiera de gigas, no, ahora hablan de teras, que no son las esposas de los teros, sino que son un montonazo de bites uno al lado de otro formando una cifra hasta hace unos años impensable. O sea, si usted quiere puede comprar un disco rígido externo de un terabyte, que vendrían a ser unos mil de esos DVD, o dos mil CDs, o diez mil de mis añorados zips, o cien mil disketes chiquitos, o trescientos mil de los más grandes o directamente algo inabarcable para esa Commodore 128 que estará en alguna caja en la casa de mis viejos.
Pero ya me mareé de tantos ceros, momento ideal para salir a caminar y aprovechar para, sin que se den cuenta, revolear la CPU al medio del golfo.