Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

A decir verdad, las charlas con Bobo Esponja eran exasperantes. Se trataba de un ser aborrecible, con grandes tendencias a intentar sacar siempre una ventaja por encima del otro, aunque al otro le cueste un padecimiento mayor, a querer apropiarse arteramente de lo que era del otro, tal era el caso de querer seducir a Anplagued, sin importarle los sentimientos de Faceman o, al contrario, importándole mucho aquellas emociones de su presunto enemigo. Y como si esto fuese poco, acostumbraba a trollear las publicaciones de otros en Facebook, agregando comentarios irónicos o fuera de contexto. Y mucho peor aún: se la pasaba subiendo reflexiones y máximas que pretendían ser cultas y originales, y que resultaban estupideces, idioteces plagadas de lugares comunes o bien copias plagiados de otros escritores tan estúpidos como el propio Bobo. Y peor aún: con estas publicaciones recibía una gran cantidad de “Me Gusta” y comentarios que intentaban acercarse a la sagacidad, a la inteligencia. En aquel mundo feliz, todos eran lindos, todos eran inteligentes, todos eran agudos y tetones. Y en todo ese mar oscuro y profundo de felicidad, cultura, belleza, hedonismo, ingenio, alegría y tetas, Bobo Esponja era algo así como el mentor de todo.
Y Sapoman estaba podrido. Muy podrido. Se sacó la máscara de Marcelo Jacob Russo y así como estaba, con su auténtica cara de sapo, despeinado, con un rictus de locura en su rostro, se sacó una selfie y la subió de inmediato al Face. Era horrible, y además, detrás de él, al fondo del cuadro, asomaba un perro salchicha despanzurrado, remanente de aquella gresca en la salchijuntada, que había quedado pegado a la campera de Sapoman, cuando la mordió y en el mismo instante fue ejecutado de un certero navajazo por un parroquiano desconocido, y allí terminó sus días el salchicha, sin poder siquiera aflojar la mandíbula, que se había trabado en una sisa de la campera sin que Sapoman lo hubiese notado, ni siquiera en aquel póstumo momento (para el salchicha) de la selfie.
“¡Aquí estoy!” escribió Sapoman, como un grito desgarrador, al mismo tiempo que subía la foto. “¡Mírenme bien, malditos amigos del Facebook! ¡Este soy yo, soy Sapoman!” Quizá, en aquel éxtasis autodestructivo, Sapoman no se daba cuenta que había develado su identidad en la red social, un error imperdonable para cualquier usuario de aquella red. De inmediato comenzaron a caer los “Me Gusta” y los “Jajaja” en los comentarios, de sus amigos que pensaban que era una broma, o un spam. Pero no, a Sapoman no le interesaba. Sapoman había triunfado sobre Faceman, al fin. Sentía una felicidad que brotaba de su interior como un manantial desde dentro de una roca subterránea y milenaria, tal como la describiera Julio Verne en su viaje al centro de la tierra. Estaba feliz y escribía “Aquí estoy yo, estúpidos. Ya no necesito ocultarme detrás de un perfil inventado. ¡Soy Sapoman! Y estoy preparado, ahora mismo, para terminar con la lacra, la carroña de nuestra sociedad. ¡Allá voy, Avomitables! ¡Prepárense!”
Mientras, en la guarida de los Avomitables, a Bobo Esponja, que estaba on line y leía atentamente aquella revelación terrible, se le borró la ironía del cerebro y le tembló un poco el pulso antes de poner aquel fatídico “Me Gusta” al comentario de Sapoman.
No sabía, pero presentía, que aquel podría ser el último “Me Gusta” de su vida.
Continuará…