Por Javier Arias
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Llegó a Ezeiza con un dolor de lumbago que lo doblaba al medio. Despachó las valijas en el mostrador de Aerolíneas y le preguntó a la chica que lo atendió si sabía de una farmacia en el aeropuerto. La empleada le contestó que creía que había una cerca de la entrada, pero con un tono que no admitía ninguna repregunta. Se calzó con un gesto de dolor la mochila y se dio vuelta hacia la puerta.
No estaba ahí la farmacia, y el dolor era cada vez más agudo, de sólo pensar en las diecisiete horas que le esperaban de viaje se le nubló un poco la vista. Finalmente, encontró la farmacia al fondo, a la izquierda, como los baños, y llegó hasta ella casi con la misma urgencia.
Compró un blíster de corticoides. Seguramente hubiera sido mucho mejor un inyectable, pero ¿dónde iba a conseguir una enfermera que le pudiera aplicar un corticoide en medio de Ezeiza? Podría haber preguntado, pero no lo hizo. Tal vez si lo hubiera hecho hubiera cambiado su destino.
Se tomó una pastilla, rogó a Dios que le hiciera rápido efecto y se puso en la fila de Migraciones.
Dos escalas y casi un día después bajaba en Barcelona. El dolor, un poco opacado por las pastillas, seguía retumbándole y amenazaba extenderse a una de sus piernas. Así llegó hasta la ventanilla del rent a car, donde un catalán mal dormido le tomó los papeles y lo acompañó hasta el diminuto coche que lo esperaba en el estacionamiento.
– Imposible, no puedo manejar eso hasta Inglaterra.
– Por lo que pagó es lo que le puedo dar.
Se sentó, trató de acomodarse en el pequeño asiento y un relámpago de dolor le recorrió la pierna derecha hasta el talón, haciéndole cerrar los ojos y apretar el volante soltando todo lo que tenía en las manos: “¿Cuánto es la diferencia?” -le dijo al catalán bajándose del coche.
Después de doscientos ochenta euros, el catalán lo vio alejarse en un Toyota blanco. Atrás de él vino otro argentino, esa noche no iba a ser su noche justamente. Por suerte, a este no le dolía la espalda ni quería más cambios y se llevó el Smart naranja sin chistar.
Que será muy bonito el naranja, pero acá entro solamente si esta noche no ceno, pensó mientras salía del aeropuerto. Hizo apenas unos kilómetros y dejó el diminuto vehículo junto a la entrada del hotel. Cuando bajó vio entre los asientos algo que asomaba, se agachó y sacó un pasaporte, un pasaporte argentino. Era ya pasada la medianoche, no pensaba volver hasta el aeropuerto. Cuando hizo el check in en el hotel le preguntó a la muchacha de bléiser azul si ellos podían encargarse de llevarlo. La chica, mientras atendía el teléfono le dijo que sí, que lo dejara sobre el mostrador. Y siguió repitiendo monótonamente el precio de las habitaciones a un inglés que llamaba desde una ciudad que no era Londres.
Colgó y anotó la llamada, no entendía bien para qué la obligaban a hacer eso, alguna estadística sin sentido, y se fue a servir una café que la noche era larga.
Bajó al hall y no había nadie en el mostrador. Nunca había nadie cuando uno estaba apurado pensó, mientras apoyaba las carpetas del congreso. Esperó un rato, no tenía para qué hacer el check out, pero era de esos que no se sentían tranquilos si no dejaban las cosas ordenadas al irse de cualquier lado, pero justo entró el taxista con su nombre. Resopló, dejó la llave de la habitación cerca del monitor vacío y salió. Al subir al taxi, entre sus dedos cayó algo al suelo, cerró la puerta y se dio cuenta que algo se le había resbalado. Chequeó entre sus cosas, confirmó que tenía sus documentos y le dijo al taxista que se apurara porque le gustaba llegar con más de tres horas de anticipación a sus vuelos.
Comenzaba ya a despuntar el alba y no había hecho ni un duro en toda la noche, tal vez podía agarrar a un turista dormido y se acercó a la puerta del hotel. Y le brillaron los ojos cuando vio el pasaporte en el piso. Seguro que tenía algún billete adentro. Pero no había nada, los argentinos están más pelados que nosotros pensó, y se guardó el pasaporte en el bolsillo interior del saco gastado.
Al cabo de una hora no apareció nadie en la puerta del hotel, era una pérdida de tiempo; silbando se fue hacia el puerto, tal vez podría dormir en lo de Jordi. En la esquina de su socio, lo encañonaron dos yonquis con una pistola que parecía sacada de una casa de antigüedades, y tal vez lo fuera. Que las zapatillas, que los bolsillos, que el saco. No le van a robar a un ladrón, les dijo, pero los tipos estaban más sacados de lo que creía, y en el tironeo por el saco uno terminó apretando el gatillo. La bala explotó dentro del caño oxidado y terminó sacándole un ojo y lo que le quedaba de vida a uno de los asaltantes, que quedó tirado, en medio de un charco de sangre, agarrado inútilmente de la manga del saco gastado.
Por fin había llegado el lunes y había abierto el Consulado, tenía que estar ya mismo en Inglaterra, había devuelto el coche y había sacado un pasaje por internet para esa misma tarde. El dolor del lumbago ya era una presencia física en su cuerpo. Sólo necesitaba que le dieran un pasaporte de emergencia. Entró primero, lo atendieron en seguida, se presentó en el escritorio de la secretaria.
– Perdón, ¿me repite de nuevo su nombre? –le dijo la señorita, mientras marcaba nerviosa un número en el teléfono.