Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Me siento a escribir, porque es martes y mañana tiene que salir esta columna de miércoles. Pero antes mejor me hago un café, porque si no tomo un café a la mañana no funciono, como que el cerebro está estancado aún con lagañas de la noche y necesita un chapuzón en alquitrán caliente. ¿A usted no le pasa? Parece una pose de moda, pero es la verdad, ¿no?
Bueno, acá vamos. Pero falta algo. Como que todo está demasiado tranquilo, así nadie puede escribir. Abro una pestaña en el navegador y escribo la dirección del sitio de streaming de música. No, no instalé la aplicación, no me termina de convencer, porque uno quiere instalar solo el programita ese para escuchar música y le enchufan sin que se dé cuenta un par de otras cosas que te miran la computadora y qué páginas visitás, o por lo menos eso es lo que me dijeron, y si bien no soy muy, nótese lo de muy, paranoico, tampoco soy del todo escéptico en estos tiempos que corren.
Me cuelgo un rato buscando una lista de temas que me guste, como que hoy todo es reggetón (o como se escriba) o romántico latino. No me gusta el romántico latino. Siempre termino en las listas de los ochenta, o en alguna de rock clásico, aburridísimo.
Ahora sí, suena Rage against the machine, pero también suena el timbre. Es increíble, una vez que me siento a escribir…
Era un señor que ofrecía bolsas de residuos. Cada vez más la gente sale a hacer changas de este tipo, no me diga que no se dio cuenta. En el centro, en la puerta del cine, en el estacionamiento del supermercado. Estamos mal, pero podemos estar peor, de eso no hay dudas.
Vuelvo a la pantalla, epa, escribí un montón. Ah, no, es toda esta introducción sin sentido, mejor me pongo las pilas, porque el día será largo, pero no infinito y en cualquier momento llega Fran y la hora de almorzar. No te digo, timbre de nuevo, debe ser Fran.
No era Fran, faltan como dos horas para que llegue, no sé cómo pude equivocarme. Era el señor de las bolsas. Se olvidó de ofrecerme cortar el césped. No, gracias, le dije, me gusta largo.
Mentira, es que me gusta cortarlo yo, pero no encuentro nunca el momento adecuado. Además, tengo que rescatar el alargue que tengo en el fondo, enchufando la lámpara que usé el fin de semana. Y después sacar la bordeadora que está llena de pasto seco, y conseguir ese piolincito plástico que se le pone para cortar. A decir verdad, no estoy seguro si me gusta cortar el césped. Salgo a la calle buscando al señor de las bolsas para decirle que lo había pensado mejor y que sí corte el césped. Pero ya se fue. Obvio, tampoco se va a quedar esperando media hora para que yo me decida, mucho menos si ya le había dicho que no estaba interesado en sus servicios, tampoco en las bolsas. Así que no podía esperar que se quedara. Aunque, pensándolo bien, menos mal que no se quedó, hubiera sido raro que todavía estuviera en la puerta de mi casa. Y eso que no soy paranoico.
Miro el césped, es verdad que está largo. Debería cortarlo. Voy al fondo a buscar el alargue y paso frente a la computadora. Miro la pantalla y me doy cuenta que estoy dejando pasar demasiado tiempo, tengo que escribir la columna.
Me siento, epa, un montón, pero un montón de palabras ya escribí. Me pregunto si servirá, tal vez tendría que borrar todo y empezar de nuevo. Pinto todo el texto y voy a apretar la tecla de delete y justo salta la gata al escritorio, me mira. No apretó nada la tecla, es como si me estuviera diciendo que todo está bien, tiene una mirada entre reflexiva y salvaje. Sin lugar a dudas me quiere decir algo, pero no puede. Me maúlla al lado del teclado y mira la pantalla, ¿le da curiosidad el cursor que titila o sabe algo que yo no sé? Me pone un poco nervioso el hecho de no estar seguro de sus intenciones. Me mira de nuevo, maúlla por segunda vez y se baja con un bufido.
Leo lo que escribí, que tampoco está del todo mal, tal vez con un título adecuado funcione. Todo con un título adecuado termina funcionando. ¿Cuál era esa palabra para no hacer lo que se tiene que hacer y reemplazarlo por otra cosa? Usted me entiende, eso de posponer las obligaciones… Un segundo que voy a Wikipedia y vengo. Procrastinar, eso, procrastinar era. Bah… Es.