Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

Presuroso, Sapoman volvió a su casa. Era menester descansar un poco, y luego planificar el ataque a la guarida de los Avomitables.
Sin embargo, en cuanto se quitó las botas, el pantalón, la camisa y se tendió en la cama, el teléfono sonó nuevamente. El primer ring le pareció falso, como si se tratara de una alarma lejana de un auto, pero al segundo ring, efectivamente pudo verificar que se trataba del infatigable teléfono. Sapoman descolgó, se llevó el emisor-receptor a la oreja pero no dijo nada: su nueva costumbre era la de dejar que primero dijese el protocolar “Hola” el llamante, que en definitiva, era el interesado en comunicarse con él. “¿Por qué – se preguntaba siempre – debe siempre decir “Hola” la entidad contestadora, si el que intentaba establecer la comunicación era el llamador? ¿Qué extraña costumbre había llevado a los seres humanos a levantar el teléfono e inmediatamente decir “Hola”? ¿No era esto antinatural? ¿Acaso el campeón debe atacar al retador? ¿No es al revés?” Por todo esto, no dijo nada y esperó. Pasaron 2 o 3 segundos eternos hasta que el llamador, con un acento desconcertado, dijo, casi preguntando “¡Hola?” y luego, acosado por la duda, dejó escapar un “¿Con quién hablo?” Del otro lado, Sapoman escuchó a aquella voz masculina y contestó con un lacónico ”hola. Quién habla”. “Esteeeee, lo llamo de la Asociación Nacional de Adoradores del Perro Salchicha, era para…” “¿Otra vez? ¡Me tienen podrido con los perros salchicha! ¡Basta por favor! ¡Me van a volver loco! ¡Los voy a acusar por acoso telefónico!” “¡Espere! ¡Espere! –sucede que…” (en este punto, la voz del otro lado cambió, haciéndose dos tonos más aguda que la anterior) “Lo efímero y lo que marque consecuencias, escribe nuestra historia por igual, día a día es igual. Saberlo nos salva de la feliz ignorancia.” Y como si fuera una voz en off de una grabación de un noticiero antiguo, prosiguió: “Desgraciadamente en los tiempos que vivimos, casi nadie tiene ética ni moral. Hoy firman un compromiso y luego lo niegan. Los hijos están desbordados, miran a los corruptos como ideales, por más que uno le haya inculcado otra cosa. Es la época que vivimos, todo se mide a través del dinero. Qué pena. Sin embargo, estoy seguro que hay algo más de diez personas justas y con condiciones morales para erigirse en modelos. Tenemos idealistas y soñadores que sueñan con una sociedad mejor. Pero esas personas necesitan creer que su idealismo se puede materializar. Involucrándose y comprometiéndose por una meta superior y elevada. Forjando líderes que hagan encender la llama y la pasión por un mundo mejor y cambien el inconsciente colectivo. Solo los idealistas soñadores y apasionados lograron cosas trascendentes. Nosotros también podemos. Solo hay que creer.” Sapoman, desconcertado ante semejante discurso, sólo atinó a decir: “¿Y qué tiene que ver esto con la salchimanía?”
Del otro lado se hizo un silencio forzado, dudoso. En eso sonó el timbre de la puerta. Sapoman, sin sacarse el auricular de la oreja, preguntó a viva voz “¿Quién es?”
Desde la puerta se escuchó una inconfundible voz de mujer: “Soy yo, Anplagued. Ábreme Sapoman, necesito hablarte, estoy confundida, y esta mononucleosis no me deja pensar bien.” Sapoman fue entonces presa de un ataque de celos. “¡Ajá! Quién sabe a cuántos mononucleótidos habrás estado besando para contagiarte, comenzando por el impresentable de Bobo Esponja. ¡Vete de mi, malvada, deja de hacerme daño ya!” “No es así amor mío, tú sabes que te amo, y vengo en son de paz. ¡Cof, cof, cof, cof!”
Sin embargo, ante la pregunta inicial (¿Quién es?) pronunciada en voz alta directamente en el micrófono del teléfono, el interlocutor telefónico también le respondió:
“Soy Félix Otamendi, alias el Monstruo Hablador, para servirle.”
Continuará…