Por Trivia Demir

La semana culmina con un exceso de ansiedades entendible. No se puede pensar con tranquilidad cuando el escenario mínimo propio y local es acuciante.
Falta completar pago de salarios de empleados públicos, hay un parate productivo y una falta de iniciativa política preocupante, y sobre todo se palpa una falta de entendimiento dirigencial evidente.
Si se tratara solamente de cuestiones puntuales de momento, tal vez otra sería la historia.
Es que en Chubut no falta nada: a la crisis nacional se suma la propia, que parece históricamente tan recurrente como interminable. Como si se tratara de un microuniverso dentro de las otras mamushkas mundial y nacional, la provincia es devorada por lo macro, pero a la vez se atraganta con las municipales y estas con los barrios y los mismos con cada uno de los vecinos, en una saga de interioridades indefinidas de consecuencias imprevisibles. En torno a las urgencias de caja de un territorio rico en recursos, orbitan las tristezas particulares como orbes acechantes. Cuál impactará y nos arrojará al hielo eterno del desgobierno final, no se sabe, pero que hay ruido, lo hay, indefinidamente en el silencio de julio de 2019. Con una población de 500 mil habitantes y casi un 10 por ciento de empleados gubernamentales, no se puede entender bien porqué la máquina ni se mueve.
Una buena parte de agentes públicos aún espera por su salario. El comercio está shockeado como nunca, la industria dubitativamente a media máquina, los servicios básicos en terapia intensiva, y las perspectivas de despegue a la espera de si elegimos a Macri y Pichetto o a Fernández & Fernández. Cómo si todas las dificultades se evaporarán en las PASO, las generales o el ballotage.
Sin embargo, en la intimidad de cientos de hogares, la sensibilidad para con la política se fue trastocando. Y aunque parezca una entelequia, un nuevo concepto de ´lo público´ parece ir surgiendo de tanto desbarranque. Cómo volviendo al origen, donde la organización social emergió como necesidad, no como determinación.
Seguramente será un largo camino a transitar, pero la oportunidad de una comunicación masiva global no es una casualidad en absoluto en el nuevo esquema de supervivencia que lucha por nacer.
Como decía Mahatma Gandhi, “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total ya es una victoria completa”, y vaya si se está haciendo esfuerzo desde el pueblo.

Comparaciones odiosas pero salvadoras

Este fin de semana es de reflexión para Chubut, y no sólo de enumeración de la móvil coyuntura, sencillamente porque como todos los cumpleaños, incita a la comparación.
Hace más de un siglo y medio, un endeble grupo humano atravesó el Océano desesperado por llegar a este territorio. ¿Porqué? Sencillamente porque consideraban un verdadero “paraíso” al Chubut por nacer. No veían lo que era, sino lo que podía ser.
En julio de 1865 desembarcaron en rocas heladas en Punta Cuevas (hoy El Indio) en el Golfo Nuevo, y apenas en 20 años ya dominaban la esperanza.
Para 1884 cuando se define la ley de Territorios Nacionales en el país, en Chubut hacía casi dos décadas que la Colonización Galesa estaba en la zona creciendo aceleradamente. Con instituciones fortalecidas y democracia efectiva.
Un censo arrojaba que solo en el Valle había 1.205 habitantes de los cuales la mayoría eran galeses (783). Producían trigo, cebada, forrajeras y hortalizas. Se contabilizaban 6.193 cabezas de ganado de las que una tercera parte eran vacas lecheras, más de 2 mil lanares, otro tanto de caballos, unos 200 porcinos y unas 3 mil aves de corral. El progreso era innegable y eso que recién hacía 10 años que habían podido organizar bien los canales de riego, con suficiente profundidad y sistemas de compuertas, superadas las inundaciones y prevenidas las crecientes del deshielo, cuando llegó el agrimensor recién recibido Eduardo J. Williams a quien se reconocería durante años como el labrador de “las venas de plata del Valle”.
El comercio fue una buena medida de la prosperidad: en 1874 por ejemplo se vendieron 7 mil libras de manteca, 7 mil de pluma de avestruz, 1.200 quillangos y 300 toneladas de trigo. En seis años, esas sumas subieron a 16 mil libras de trigo, 16 mil de plumas, 15 mil de quillangos y unas mil doscientas libras entre cueros, cerdas y lana. En 1884 ya había ocho casas de comercio y dos barcos con línea regular a Buenos Aires. Nada mal.
Cada hábito estaba en el fondo íntimamente ligado con un destino común. Los pilares fueron los caminos trazados, los canales de riego, el ferrocarril, los rifleros, las escuelas, las capillas, el telégrafo, los periódicos, las bromas cotidianas, las anécdotas, el sentido de grupo, la identificación, semillas de sí mismos.

Persiguiendo el destino

Los colonos vinieron desde Gales huyendo de años de pobreza por el fracaso de cosechas, por la presión tributaria del gobierno inglés, por las trabas a la libertad de cultos, de idioma y por los onerosos arrendamientos, además de la sangre celta que seguía empujando la vieja tradición emigratoria de sus ancestros.
Relata el propio Lewis Jones que “la inmensidad del campo, extraña e intimidante, dejaba atónitos en los primeros tiempos a los colonos”. Pero también que “hay un encanto especial en explorar e introducirse en lugares donde nadie ha estado antes, maravillándose y haciendo conjeturas…”, decía.
La Colonia tendría sinsabores, fracasos, desencuentros políticos, boicots, disturbios sociales, cómo ahora, pero por sobre todas las cosas a su gente les sobraba decisión y esperanza.
De toda esa construcción hoy pareciera que hay cenizas de recuerdos apenas, sobrevolando el Valle. Sólo por supuesto si creemos que nada de este universo se pegó a nosotros mismos.
Ese tesón romántico de lo que nos precedió espera un soplido apenas para revivir en fuego, y lo debemos insuflar a costa de orgullo de identidad y sensibilización masiva, pero sobre todo de acote de individualidades y codicias personalísimas. Los tiempos dan cátedra y oportunidades para ensayos permanentemente. Si no se puede mirar para adelante, porque se perdió el rumbo, a veces es necesario mirar para atrás y recordar el camino.
En fin… un fin de semana no solo para tomar el té y corear estrofas en el ´idioma del cielo´, sino para dedicar un minuto a recuperar las esencias para entender que nos falta manifestar, y sobre todo comprende que nada de lo que sucede es ajeno a nosotros mismos. Es casi evidente que gobernantes y gobernados de ´Chupat´, deberemos superar las apariencias y reencuadrar objetivos y de manera explícita antes de que sea demasiado tarde, para unos y otros. Porque como decía Helenio Herrera, “Quien no lo ha dado todo no ha dado nada”, así de simple.