Por Trivia Demir

Precisamente el día en que se conmemoraron 203 años de la firma de la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, falleció Fernando de la Rúa (81), el veintiseisavo presidente constitucional que tuvo el país, en nombre de la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación, y cuyo mandato se sostuvo apenas dos años.
De la Rúa representa uno de los dos últimos ensayos de poder del histórico radicalismo, que lo impulsó al gobierno con una Alianza electoral que se transformó en su trampa política antes de caer en 2001. Un paragón que muchos hacen con el futuro posible de la actual alianza Cambiemos, donde el radicalismo precisamente no ostenta el mandato real y donde el gesto del sector PRO de conceder la candidatura a vicepresidente para la futura reelección de Mauricio Macri, a Miguel Pichetto, habla a las claras de una ´peronización´ creciente de la alianza gobernante.
Para quienes creen que la historia es cíclica, la reelección de Macri podría terminar como el gobierno de De la Rúa. La cuenta que hacen es que sin posibilidades de repetir en 2023, con un Congreso mayoritariamente opositor, indicadores económico y sociales complicados, escasa reactivación productiva, un endeudamiento sideral, y respondiendo al humor de los mercados y del Fondo Monetario Internacional, difícil se hace pensar en cuatro años de panacea para Macri. Y lo peor de todo, no solo es el crecimiento sostenido de la oposición política, sino de las resistencias conspirativas de los propios aliados. Y de eso, la historia tiene advertencias de sobra para los aliancistas noveles.

El poder inentendible

Cuenta Román Lejtman en un artículo titulado “De la Rúa, el Presidente que nunca entendió el poder” que el 18 de noviembre de 2001, Fernando de la Rúa tuvo una bilateral urgente con George Bush en el Waldorf Astoria de New York para pedir apoyo económico y financiero, pero el presidente de los Estados Unidos nunca entendió su mensaje: De la Rúa habló mucho de los «limones nacionales», repudió los ataques terroristas ejecutados por Al Qaeda y mencionó la crisis que protagonizaba. Bush lo miró, posó frente a los fotógrafos con gesto amable y se fue. Nunca más lo vio como presidente argentino. Ese fue su último viaje al exterior. De la Rúa estaba ausente, apagado. Ya había renunciado Carlos «Chacho» Álvarez, y el poder institucional se le escurría entre los dedos. El arzobispo Jorge Bergoglio- hoy Papa Francisco- acompañaba desde la Catedral, mientras la clase política y ciertos empresarios contaban las horas y conspiraban en un hotel americano de la avenida Córdoba.
El Presidente de la Alianza siempre se sintió sólo, y le costaba entender los ritos del poder. A su lado estaba su familia (Antonio, Aito, Inés Pertiné), sus funcionarios más leales (Darío Loperfido, Nicolás Gallo, entre otros), y los profesionales de siempre (Enrique «Coti» Nosiglia, Federico Storani y Rodolfo Terragno, por citar tres casos).
De la Rúa se sentía rodeado, acechado, espiado: hablaba poco con Ricardo Alfonsín, dudaba de los consejos de Carlos Menem, sospechaba de Eduardo Duhalde. Y cuando perdió las elecciones de medio término, una imagen vino a su mente formada por los clásicos del derecho y la historia de Occidente: Roma en llamas.

Al ritmo propio

El gobierno de la Alianza fue un choque de culturas políticas. Álvarez hablaba con los medios, entendía la rosca del poder y subestimaba al Presidente. De la Rúa se sentía arrollado por la agenda institucional y sus reflejos políticos eran del siglo XX, cuando un nuevo milenio se le acercaba a la velocidad de la luz. Nunca supo salir de la trampa de la Convertibilidad, los viajes al exterior eran un rito geopolítico que apagaba aún más su sonrisa melancólica y cuando regresaba a Buenos Aires debía lidiar con los restos de la Alianza, que se movían a su ritmo y a sus intereses de coyuntura.
Al otro lado de la trinchera se agazapaba el peronismo. Hugo Moyano, Duhalde, Scioli, los hermanos Rodríguez Saá, los bloques parlamentarios, los intendentes del conurbano, y ciertos empresarios y banqueros y que preparaban el epitafio. La opinión pública tenía a De la Rúa como un presidente dormilón, aristocrático, lejano, sin pasión y con escasa capacidad para comunicar sus ideas y sus sentimientos. El presidente radical contribuyó para moldear esa imagen abúlica, que se terminó de descascarar con las presuntas coimas en el Senado y su fallida participación en un show de Marcelo Tinelli.
«Vamos a dictar el Estado de Sitio», comentó el ministro Horacio Jaunarena a un joven cronista que pasaba todo el día en la Casa Rosada.
–Eso es el final del gobierno, si lo hacen, caen-, comentó el periodista.
Cuentan los históricos que ´Los dos estaban en una de las escaleras de mármol que llevan al despacho presidencial. Era el epílogo de la Alianza´.
«Es lo último que podemos hacer. No hay más»–, se sinceró Jaunarena. Al otro día, la Casa Rosada parecía un Titanic encallado frente a la Plaza de Mayo, que era escenario de una represión que se movía al compás de la guardia de infantería, los gritos de dolor y el ruido de las itacas cuando se artillaban.
–-¿Cuándo van a parar la represión?–, preguntó el cronista que había dormido en la Sala de Periodistas.
–No sé. Ya no estoy a cargo, renuncié–, contestó Ramón Mestre, que aparecía como ministro del Interior.
–¿Y quién lo reemplazó?
–Nadie. No hay nadie.
De la Rúa ya no tenía el poder. Uno a uno sus amigos y funcionarios se abrazaban y lloraban en el despacho presidencial. El helicóptero había llegado.

La llamada de Carlos Maestro y el tiro del final

El icónico helicóptero, y aquella salida de De la Rúa de la presidencia de la Nación, es un trauma para los argentinos pero, sobre todo, para los radicales, que tienen gran dificultad para hablar de un tema que los tiene como principales responsables. Afirma Silvia Mercado que “La llegada a la presidencia de un hombre que no estaba debajo del ala de Alfonsín no fue sencilla y la personalidad del que fuera el senador nacional más joven de la historia, no ayudó demasiado”.
Muchos años después, en diálogo con el periodista Ceferino Reato, De la Rúa dijo que había tomado la decisión de renunciar porque el senador por Chubut, Carlos Maestro, desde la casa del ex presidente Raúl Alfonsín, lo llamó a las 9 de la mañana del 19 de diciembre de 2001 para decirle que a juicio del líder del radicalismo «la suerte del gobierno está echada».
Sin embargo, tanto Maestro como el diputado catamarqueño Horacio Pernasetti insistieron con la solución que Alfonsín había pergeñado: a saber, la renuncia del poderoso ministro de Economía, Domingo Cavallo, y una modificación sustancial del gabinete para distender la situación.
En su libro Doce Noches, sobre el 2001 y el fracaso de la Alianza, Reato también da cuenta del testimonio del ex concejal porteño Humberto Bonanata, quien aseguró que -por sugerencia de Alfonsín- Maestro informó a algunos periodistas que De la Rúa había renunciado cuando todavía no lo había decidido. «Eso precipitó la renuncia de Fernando, fue el golpe de gracia», aseguró Bonanata.
Sin embargo, Maestro negó enfáticamente esa información y le dijo a Reato que apenas le llegó un comunicado de prensa realizado por los diputados y senadores peronistas expresando que urgía la convocatoria a una asamblea parlamentaria que decida qué hacer con la situación, lo llamó a De la Rúa y éste le dijo «yo hice todo lo que pude, convoqué al peronismo a un gobierno de unidad nacional, y no fui escuchado». Con esto se dio por sentado que el ex presidente ya no quería explorar nuevas alternativas. El contexto, claro, eran los saqueos sobre los supermercados del conurbano bonaerense, o lo que él mismo denominó «el golpe peronista». A casi dos décadas de esas jornadas dramáticas, que pusieron fin al sueño de la convertibilidad y marcaron el inicio del kirchnerismo, después de la durísima transición de cinco presidentes en pocas semanas y un shock devaluatorio que dejó a la economía sin bancos ni comercio exterior, De la Rúa se fue ayer definitivamente de nuestra tierra de independientes presuntos, y nosotros quedamos con esa terrible sensación de repetición de historia, mirando al cielo.

Fuentes: NA, Infobae, AF, propias