Por Trivia Demir

¿Qué hicimos mal para estar tan mal?, es la pregunta obligada que surge en cualquier charla de café por parte del vecino común y a esta altura de los acontecimientos políticos, económicos y sociales. Y es que la responsabilidad que le cabe al electorado por lo que se elige y lo que resulta, es inevitable en esta democracia imperfecta.
En nuestro cerebro, la razón y la emoción son inseparables y una y otra se complementan, pero en la mayoría de decisiones de la vida la emoción acaba imponiéndose a la razón dicen los estudiosos. ¿Crees que te vas a cargar de razonamientos para ir a votar el 27 de octubre y a dejar fuera los sentimientos? ¿Votamos con el corazón o con la cabeza en los comicios adelantados en Chubut el 9 de junio pasado? Bueno, la neurociencia dice que no. Y tal vez por eso, nos pasa lo que nos pasa.
No sólo porque el electorado somos quienes permitimos el variopinto ramillete de candidatos -en general- repetidos, sino porque ya aceptamos que ni siquiera presenten un compromiso programático de gobierno que tenga valor ´legal´, para saber que van a hacer en caso de ganar. De allí que una vez asumidos, hagan lo que quieran, porque después de todo, no comprometieron lo contrario con anterioridad.
Además, y por sobre todo, seguimos votando de acuerdo a nuestro personalísimo sentido de conveniencia, que no es siempre lo que se alguna vez se entendió como el ´bien común´, y por ende las probabilidades de errarle son grandes, como si se tratara de un cartón de telebingo que compramos entusiasmados, pero para ganar la lotería.

Entre la historia y el corazón

La razón -en la corteza prefrontal del cerebro- es más lenta que la emoción, –que funge en la amígdala- y necesita de más tiempo para imponerse, así que la emoción juega con ventaja; eso no quiere decir que nuestras decisiones cotidianas y no tan cotidianas estén exentas de razonamientos, pero lo que normalmente condiciona la conducta humana es esa última emoción, que provoca que el corazón lata más deprisa. Y en cuestiones de emoción, nada como nuestra historia política para tirar coordenadas de tendencia y errores, además de aportar a la memoria reactiva.
Los datos duros tienen algo de bueno y es que exponen probabilidades, aun en cuestiones del corazón. Por ejemplo es interesante analizar que en el país hubo de Bernardino a esta parte, 49 ´mandamáses´ que gobernaron sobre el total del territorio. De todos estos ´empoderados´ por o a pesar del pueblo, 12 fueron presidentes de facto, y solamente hubo 15 mandatos constitucionales que fueron completados, y 7 que ejercieron transitoriamente el cargo, pero sin el título de presidente, los demás se vieron interrumpidos por diversos motivos, ya sea renuncia, muerte, derrocamiento o adelantamiento de la asunción de su sucesor.
Por ejemplo, tres murieron en ejercicio del cargo, otros dos fueron asesinados, uno renunció por enfermedad, y seis fueron derrocados por golpes cívico-militares. ¿Pero que tiene que ver todo esto? Sencillamente todo habla de la estructura de poder que hemos ido construyendo o legitimado como sociedad, por acción u omisión. Endeble, frágil e imprevisible. Para que lo entienda el provinciano medio, vale tener en cuenta por ejemplo que de los 30 presidentes que hubo, 23 fueron nacidos en Buenos Aires, como para no dejar dudas del peso de ese territorio en el mapa electoral y de la difícil ´federalización´ del poder. Y en todo caso, una de las provincias que nunca tuvo un presidente en más de 100 años de historia, hay que decirlo, sigue siendo Chubut.
Como dato complementario que abre un alerta sobre cosas que afianzan la emotividad, no está mal tener en cuenta que desde la Ley Sáenz Peña que determinó el sufragio secreto, el único presidente electo tres veces fue Juan Domingo Perón, que sin duda por algunas cosas entró en el espacio grande de las emociones electorales. Además, fue el primero en ser electo por el voto femenino y masculino, otro dato que pega en el corazón de buena parte de la memoria colectiva.
En nuestra alejada Provincia, los mapeos históricos también dejan más dudas que interrogantes sobre la gimnasia de nuestras elecciones, y sobre todas, las interminables ´pruebas y errores´ que resuenan sin duda en nuestro destino. Del ´58 a esta parte, se puede decir que hubo 30 ´mandamases´ territoriales, de ellos 16 fueron “interventores federales” de facto, 14 fueron elegidos constitucionalmente. De estos, tres fueron derrocados (uno por los militares y dos por confabulaciones partidarias), y sólo siete terminaron su mandato (en cinco oportunidades la UCR y en cuatro el PJ contando las reelecciones). Un sólo gobernador logró ser elegido tres veces, y falleció durante su mandato, y sólo uno completó el mandato y fue reelegido antes de terminar la propia gestión. Un embudo de acontecimientos inciertos que sin dudas incidió en nuestra emotividad y por supuesto el destino político

Apelando a los sentimientos

Es que a la hora de decidir el voto dicen los entendidos que pasa eso: la última emoción generada es la que más posibilidades tiene de condicionarlo. El adelantamiento provincial fue una jugada impecable desde la perspectiva del poder, pero probablemente demoledora desde el proyecto de provincia que falta.
Ni hablar de las elecciones generales, en las que se presentan más partidos, hay más en juego, hay nuevos frentes electorales que compartimentan las simpatías, y en nuestro caso criollo, donde hay una estratégica “grieta” que sencillamente simplificó todo a un Boca-River, una lógica binaria que la argentinidad prefiere desde siempre. Todo esto dicen que ayuda a provocar aumento de la indecisión y posibles cambios radicales en la orientación del voto. “Que seamos seres emocionales a la hora de ir a votar no quiere decir que detrás de las emociones no haya nada de razón”, señala Ignacio Morgado, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona y catedrático de Psicobiología.
Las emociones -el miedo, la envidia, la sorpresa, la alegría, la bronca, el revanchismo- las crean los razonamientos y esos razonamientos son los que pueden ser lógicos e ilógicos, serios o poco serios, pero “son las emociones las que tienen una fuerza impresionante para condicionar nuestra conducta y esa conducta cambia, cuando cambian nuestras emociones”. Ni hablar en los hechos, tras el ´simulador de maniobras´ en que se convirtieron las PASO recientes.
Hay que generar emoción para mover el voto y eso los políticos lo saben o al menos deberían saberlo: “quizás no conocen que es la amígdala el área del cerebro más implicada en las emociones, pero sí que las emociones son muy poderosas y que influyen en los votantes”.
¿Será casual la brutal incertidumbre tras los comicios del 11 de agosto ocasionada por la debacle financiera? Es casi seguro que no. “Para que aprendan a votar”, dicen que razonó incluso el oficialismo de Cambiemos.
Las emociones no se heredan y estas dependen de la vida que tengamos, de las ideas inculcadas o de las experiencias vividas. Lo que sí tiene un componente de herencia muy grande, es la fuerza con la que las expresamos, explica Morgado, quien indica que hay personas más emocionales que otras y las más reactivas emocionalmente se pueden dejar influir más por los mensajes de última hora.
Si dejáramos de votar con las emociones, es probable que lo que se entiende por “la grieta”, no exista. Pero lamentablemente la carrera por el poder no termina con el conteo de votos (fracasado o no), sino que empieza allí. Y es sabido que cualquier fuerza que ganara fuera de la manipulación, terminaría literalmente conspirada en el posterior oleaje de emociones que se irían desatando en el largo tsunami de cuatro años.

El problema de la ´oferta´ y la ´demanda´

Sin duda, los expertos añaden, que la gente que tiene ideología o está comprometida con una serie de ideas o partidos, son personas mucho más difíciles de influir y hacer que cambien su orientación en el voto.
También, para el politólogo Lluís Orriols, de la Universidad Carlos III de Madrid, el voto no siempre es un voto de cálculo ´coste-beneficio´, sino que hay altos elementos de emoción, que son los principales factores explicativos. Esas emociones, se trasladan vía identidades: el principal motor estructurador del comportamiento de los ciudadanos, sin duda en el comportamiento electoral, es la construcción de identidades y cómo acaban estas impregnándolo todo, y, en este caso, una crucial es la identidad de partido.
El tema es si ¿existe, hoy por hoy en Argentina, y en Chubut, tal identificación de “partido” tras las fusiones, frentes y alianzas en danza? Lo más probable es que esto esté tan desdibujado que contribuya al comportamiento electoral definitivamente.
Cuando no hay identificación, surge lo que las encuestadoras consideran ´el tesoro escondido´ a alcanzar en el último momento: el universo de ´indecisos´. El experto Morgado, recuerda en relación a los ´indecisos´, que muchas veces se vota por exclusión, relata además que la tecnología ha avanzado más rápidamente que la evolución del cerebro, lo que hace que “los humanos hoy nos encontremos en un mundo con una oferta muy grande de cualquier cosa”.
La ciencia también sugiere que del sentido de alta identificación en cambio, surgen líderes fuertes, los que se considera cuentan con ´consenso´ político. Contrariamente, con aquellos que resultan ´el mal menor´, surge incertidumbre pública, personalismos odiosos y coaliciones que mandan desde las sombras tal como ´clubes de amigos´. Estos suelen ser los mandatos más lamentables e improductivos para los pueblos, sumados a los riesgos de corrosión, propia de maderas poco nobles en el labrado del poder. En fin, hay con todo esto, una lógica impiadosa que aflora (aunque Luli piense lo contrario), y es tal vez que el corazón se viene equivocando mal últimamente. Habrá que ver…

Fuentes: La República, Milenio, NA, propias