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POR QUÉ MUCHOS SE APOYAN EN LA POSVERDAD PARA EVITAR EL PENSAMIENTO CRÍTICO

La política discutida desde lo “moral” e “inmoral”


Por Lazarillo de Tormes

Uno de los escenarios más comunes en cualquier lugar del país en el que haya más de dos o tres personas, es el inevitable debate político respecto de la situación actual, el gobierno de turno y aquellos dirigentes -actuales o históricos- en los que buena parte de la ciudadanía todavía se ve reflejada o representada.
Sin embargo, desde hace tiempo, la discusión se trasladó a las figuras y abandonó el plano de los proyectos y las políticas públicas; más aún, las adhesiones o críticas enfervorizadas fueron canalizadas en al menos dos figuras políticas, de cara a las elecciones presidenciales que ya mostraron su primer correlato el pasado 11 de agosto.

Los debates locales, más ricos

Si tomamos como referencia a la ciudad de Puerto Madryn, se deja entrever que los debates por los destinos municipales advierten una riqueza mucho mayor en cuando a los proyectos, las proyecciones y la planificación de la ciudad que cada uno de los candidatos ofreció al electorado: asfalto, seguridad, servicios, legislación, género y tantos otros fueron los ejes sobre los cuales giraron las discusiones, los debates, los cruces e incluso las “chicanas”.
Al aterrizar en el plano nacional, es decir, en el terreno “macro”, la ecuación se torna difusa y, en más de una ocasión, los fanatismos enceguecen el análisis, el sentido común y el pensamiento crítico: estos tres perecen con la misma velocidad con la que puede descartarse tal o cual candidato por entender que representa “al sector privado”, “al populismo” o “al establishment”, por mencionar algunos lugares comunes.

¿Quiénes somos?

Inevitablemente, el problema de los fanatismos radica en la identificación de la persona -el “fanático- con su objeto de admiración, a tal punto que la propia construcción de su identidad resultaría imposible sin ello.
Por tal motivo, los fanáticos de un equipo deportivo reaccionan de manera defensiva e incluso ofensiva, cuando este último es criticado, ya que reciben la crítica de manera personal, como si a ellos mismos les estuvieran objetando un posicionamiento o una postura frente a una determinada situación.
Lo mismo sucede en la política: ¿Quiénes somos Macri? ¿Quiénes somos Kirchner? ¿Existe una “avenida del medio” que no esté representada por un candidato o una figura política?

Posverdad

La respuesta es un poco más compleja y se remonta a la globalidaad con la que los argentinos entendemos la política.
Es común escuchar que, aquellas personas que manifiestan su afinidad hacia el Gobierno Nacional poseen una posición económica favorable, así como también se ha dicho que los “K” disfrutan de las mieles del Estado en detrimento del progreso del país.
Pero lo cierto es que, si acaso dos personas se sentaran a tomar un café y ninguna conociera la afinidad política o partidaria de la otra, posiblemente coincidirían en que quieren lo mismo para el país, tal vez variando los modos (pero esa es otra historia).

Espalda con espalda

Entonces, si como argentinos o como electores/votantes endilgamos la culpabilidad de todos los males a un candidato o a otro, ello genera una dicotomía tan sencilla como riesgosa para el pensamiento crítico y la democracia, que se nutre bastante de este último.
Para quienes celebran un eventual y posible regreso de una administración populista, el actual Gobierno Nacional representa no menos que la “inmoralidad” respecto de los principios de los anteriores mandatarios, por lo que difícilmente manifestarían, de manera pública o ante conocidos, estar de acuerdo con alguna medida precisa de gobierno. Es decir, sería casi como “ayudar al enemigo”.
Lo mismo ocurre del otro lado, donde advertir el acierto de algunas de las medidas de los años previos a 2015, no sería más que mostrar debilidad ante un posicionamiento cuyo acceso al poder se basó, literalmente, en la oposición absoluta al régimen populista que gobernó Argentina durante más de una década.

¿Quién es “bueno” o “malo”?

Por ese y otros motivos, desde hace tiempo, en términos nacionales los argentinos no solemos discutir proyectos o programas, sino personas; aquellas personas en las que muchos intentan verse reflejados, o bien frente a las cuales hacen un esfuerzo para marcar sus diferencias.
Lo más grave de ello es que, a diferencia de otros países vecinos como Uruguay -por citar un breve ejemplo-, donde oposición y oficialismo articulan políticas para el bien de la ciudadanía (tanto adherentes como disidentes), en Argentina el consenso es tan difícil, que la “grieta” marcada por dos visiones paralelas y distintas de la realidad, también genera figuras políticas orientadas hacia uno u otro lado del abismo.
Y, de haber algún actor que se mantenga distante de ambos extremos, buscaría ser cooptado para ser funcional a alguno de los mismos.
En el pasado, se debatían (mayormente) proyectos, y en el presente se debaten personas: ¿Será que ya se nos pasó el tiempo para el debate sobre el futuro?


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