Como ocurre desde 1964, este año fueron entregados los Premios Científicos Fundación Bunge y Born 2019, los cuales destacaron a investigadores en el ámbito de la Ecología.
Se trata de uno de los reconocimientos más importantes del ámbito científico nacional, tanto por el prestigio del jurado y de los premiados, como por su magnitud, y en esta ocasión, el ganador del Premio Estímulo es el doctor en Ciencias Agropecuarias, Lucas Alejandro Garibaldi (Universidad de Buenos Aires), quien se destacó por sus estudios cuantitativos y estadísticos, así como también, por la difusión pública de sus hallazgos científicos.
Garibaldi es, a su vez, director de la Sede Andina del Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural, de la Universidad Nacional de Río Negro, e investigador del Conicet.
En diálogo con El Diario, se refirió a la problemática actual en materia ambiental, a raíz de las líneas de producción agropecuaria que, por sus prácticas, generan un perjuicio para los recursos naturales; asimismo, aclaró que en el mercado mundial “hay cada vez más demanda de productos orgánicos”, por lo que la solución radicaría en la “intensificación ecológica”, es decir, combinar una alta productividad asociada a la diversidad natural.
El jurado destacó su labor y consignó que «con una fuerte impronta cuantitativa y estadística, uno de los aportes más significativos de Lucas consistió en la demostración de que la diversidad y abundancia de polinizadores silvestres son más importantes que la abundancia de la abeja doméstica en el servicio de polinización de muchos cultivos». Asimismo, el jurado destacó como notable su “interés por difundir y hacer llegar las implicaciones de sus hallazgos científicos a la sociedad”, algo que el propio Garibaldi reconoció como necesario, de cara a un cambio cultural donde los consumidores puedan ser mejor selectivos con los productos que adquieren, teniendo en cuenta el impacto ambiental que ello puede generar.
En este sentido, remarcó la importancia de un consumidor que apunte a productos locales, mayormente orgánicos y con un “comercio justo”, ya que “en cada decisión de consumo, se elige promover un sistema u otro, unos producen y otros compran”, señaló.

Diario: – ¿Se puede producir más y mejor, sin seguir dañando el medio ambiente?
Lucas Garibaldi: Lo que encontramos es que, promoviendo el medio ambiente saludable, la diversidad de vida, se puede producir más y mejor. Hoy en día, mucha gente piensa que son cosas antagónicas, que tenemos que destruir la naturaleza para hacer un campo productivo, y en realidad, nosotros encontramos que es al revés, que cuidando la naturaleza se puede producir muchísimos alimentos de calidad y que podemos vivir mejor.
D: – Hay ciertos “mitos” o afirmaciones que advierten que, para mejorar ciertas líneas de producción, volverse “sustentables” implica pérdidas para las empresas.
LG: Nosotros trabajamos con productores de todos los sectores, con los pequeños productores, los familiares, comunidades originarias, pero también con empresas chicas, medianas y grandes, multinacionales, y lo que hacemos es desarrollar tecnologías basadas en la naturaleza y de forma inclusiva, las cuales se pueden ir adaptando estableciendo metas anuales e ir progresando. Por ejemplo, en promover la diversidad de cultivos, mejores rotaciones, cuidar el hábitat natural de manera productiva y rentable. Hay mucho interés de asociaciones de productores de campos extractivos. Y funciona.

D: – ¿Cuál fue la primera reacción del sector privado ante este tipo de iniciativas? ¿Hubo escepticismo? ¿Han tenido casos de éxito?
LG: Hay muchos casos de éxito y otros también positivos. Claramente, es algo que se tiene que expandir más, porque lo que domina es la destrucción del hábitat natural; pero el camino alternativo, sin hablar de ‘dos modelos’, consiste básicamente en incorporar principios ecológicos a la producción agropecuario. En las últimas décadas, el campo ha sido muy dinámico, se incorporó tecnología, pero se han dejado algunas cosas de lado, y ahora estamos viendo los problemas. El objetivo es que, con este esquema, la producción sea incluso más rentable y saludable para todos.

D: – ¿Cuáles son las principales consecuencias de los modelos agropecuarios actuales?
LG: Estamos viendo muchos perjuicios como las inundaciones, la pérdida de la calidad del agua, del aire, cada vez hay más pestes y malezas más resistentes. En definitiva, hay muchísimos problemas asociados, y también hay cosas positivas. Estos problemas son solucionados si las sugerencias realizadas funcionan, por eso estamos interactuando con los productores. Siempre hay algunos más abiertos, otros menos, pero cada vez hay más interés, y en la medida en que se va viendo que las cosas funcionan en el campo, se va expandiendo. Lo importante es expandir esas ideas, porque lo que domina es la destrucción, la tasa de destrucción es terrible.

D: – ¿Cuál es el diagnóstico?
LG: Como ecólogos, traemos buenas y malas noticias. Las últimas son que estamos perdiendo especies de plantas y animales como nunca en la historia de la humanidad, y eso no solo es un problema de las propias especies, sino nuestro, de los seres humanos, ya que nuestra calidad de vida depende de ellas; nos dan el aire, nos regulan el agua y nos brindan un monton de servicios. Las noticias buenas son que existen soluciones y funcionan, pero hay que expandirlas e implementarlas.

D: – Uno de los puntos de su investigación es la promoción de la fertilidad del suelo. ¿Qué tanto daño hace, por ejemplo, la soja, que es un monocultivo, y afines?
LG: La soja, en sí misma, no tiene nada de malo. El problema es hacer un mismo cultivo, todos los años, sobre los mismos lotes. En el ‘A-B-C-’ de la agronomía, es certero que trae problemas. Entonces, son las malas prácticas agropecuarias, no el cultivo; la falta de incorporar hábitos naturales, de promover los servicios ambientales, el control de plagas. El concepto de ‘plaga’, por ejemplo, está ligado al monocultivo, no tiene diversidad. Siempre hay controladores biológicos, y las plagas o los organismos dañinos nunca llegan a densidades extremadamente altas. El monocultivo, en definitiva, es un ambiente ideal para las malezas y los insectos dañinos, se genera un hábitat determinado y, en la medida en que uno aplica siempre los mismos agroquímicos, los cultivos se van volviendo resistentes.

D: – Han tenido contacto con productores y empresas privadas y la experiencia ha sido positiva. ¿Qué sucede con el sector público? ¿Hay reticencia? ¿Faltan políticas públicas que vayan en este sentido?
LG: Hay algún diálogo, pero faltan definiciones y más acciones, pero en definitiva, todo depende de los consumidores y de las personas que viven en las ciudades. Los políticos van a responder mucho a la demanda social, y buena parte de las personas viven en ciudades y se sienten ‘desconectadas’ de este problema, o bien que no pueden hacer cosas al respecto, aunque son los principales actores. En cada decisión de consumo, eligen promover un sistema u otro. Unos producen y otros compran. Muchos de los ejemplos positivos que hay en Argentina están dados por cambios en las elecciones de consumo por parte de gente de Europa o Estados Unidos, que tratan de elegir alimentos más saludables, que tengan un comercio justo.

D: – En síntesis, los consumidores son quienes pueden cambiar el escenario.
LG: En base a eso, algunos productores se están convirtiendo de usar agroquímicos a un sistema orgánico, incluso biodinámico, en hábitats naturales o seminaturales. De ese lado, los consumidores pueden hacer muchísimo para transformar la realidad; directamente, viendo bien las cosas que consumen, y también a través de la ‘demanda social’, en el buen sentido, hacia los representantes políticos. Eso se ve muchísimo en otros países del mundo como Francia, que tiene una demanda de su población muy grande para implementar modelos agroecológicos a escala del país. También hay muchos ejemplos de países vecinos como Brasil, que tiene un código forestal que fomenta la preservación del hábitat natural y seminatural en las siembras agropecuarias, estableciendo cierto diseño que evite un ‘monocultivo absoluto’. Y eso no es por el medio ambiente, como si este último fuera una persona, sino por nosotros. Esos hábitats están ahí y nos brindan muchos servicios que necesitamos.

D: – ¿Cómo se puede “bajar” este cambio de cultura o de hábitos a la sociedad, tratándose de una temática con un fuerte peso en lo técnico, que muchas veces no llega al consumidor más frecuente?
LG: Los consumidores tienen que tratar de comprar productos locales, en lo posible a productores directos. Hay muchas organizaciones que venden productos directos de agricultores, más baratos, que no tienen agroquímicos y son más saludables. También, es importante tratar de elegir productos que vengan de un comercio justo. Hoy en día, hay cada vez más ofertas en los supermercados, incluso de yerba mate cuyos paquetes tienen etiquetas orgánicas o agroecológicas. También, hay que acercarse a comprender un poco más qué es lo que está pasando y movilizarse socialmente, desde la concientización.

D: – Como habitante de la región patagónica, ¿cómo analiza la situación actual en materia de producción agropecuaria? ¿Hay sustentabilidad e iniciativas ecológicas?
LG: Hay muchas producciones frutales, como pera y manzana, son de las que más agroquímicos utilizan, y si bien no tenemos tanta área agrícola (en la región), los problemas asociados a ella están presentes en la región patagónica, así como en otros lados. También, hay ejemplos de la mano de muchos productores que aplican buenas prácticas. Entonces, es interesante porque la diversidad convive, y la gente que hace las cosas ambientalmente ‘amigables’ obtiene réditos económicos buenos, y funciona.