Sentarse a la derecha y estar a la altura del prestigioso maestro Alberto Williams podría considerarse uno de los hitos más importantes en la vida profesional de Celia Torrá. Sin embargo, sus innumerables experiencias creativas en búsqueda de popularizar la música de cámara fueron para ella tan grandiosas como aquella tarde de 1949, en el Teatro Colón, cuando tomó la batuta y la Orquesta interpretó fragmentos de su propia pieza “Suite Incaica”.
En Concepción del Uruguay, una pequeña ciudad de la provincia de Entre Ríos -otrora Arroyo de la China-, Celia conoció los placeres del mundo artístico interpretando a los tres años melodías clásicas para sus padres: Teresa Ubach y Joaquín B. Torrá, dos trabajadores aficionados a las artes que no dudaron en saber que el desarrollo musical de la adelantada niña tenía como destino la gran ciudad: Buenos Aires.

Cualidades excepcionales

En 1902, a sus 18 años, Celia comenzó a estudiar con los más importantes: piano con el compositor Alberto Williams, violín con América Montenegro y composición con Andrés Gaos. La vida en el conservatorio dirigido por Williams, el maestro de los niños ricos, no era fácil para una mujer provinciana y sin apellido de renombre. No fue un obstáculo. En 1909 obtuvo una beca y viajó a Europa para continuar su formación musical en Bruselas con Cesar Thompson o en Hungría con Jeno Hubay y Zoltan Kodaly. Desde entonces, Celia no paro de abrir caminos gracias a su excelencia en la profesión.

Reconocida

Marcela Mendez es arpista y autora del libro «Celia Torrá. Ensayo sobre su vida, su obra y su tiempo». Y destacó: “Que una mujer, sudamericana, a inicios del siglo XX viaje a Europa y gane en Hungría el premio Van Hall como mejor intérprete del violín no era una cosa común. Muchas de las mujeres que estudiaban música en ese momento no estudiaban para desarrollarse profesionalmente. Celia sí tenía ese objetivo, y lo logró, dirigió orquestas, compuso, fue reconocida en un ámbito casi exclusivamente masculino. Fue una adelantada en el tiempo”.

Talento y humildad

La vida de Celia Torrá osciló entre méritos y desafíos del mundo académico y su convicción de escurrir la música de cámara por cada rincón fértil que encontrase. Mientras sembraba elogios de la crítica europea, se escabullía para tocar a beneficio de las víctimas de la primera Guerra Mundial. Mientras las giras con su violín por Francia, Suiza y Alemania eran aclamadas, se hacía tiempo para montarse sobre un pequeño barco a vapor que unía Concepción del Uruguay con Buenos Aires, y cómo un músico en el subte, tocaba pidiendo colaboración para comprar un órgano para la iglesia de su pueblo.
Esta sed de democratizar la música clásica se profundizó con su labor docente y la creación de coros en fábricas y con mujeres, tareas que ejerció hasta sus últimos días, en la década de 1960.

Fuente: Secretaría de Cultura de la Nación

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