Por Lazarillo de Tormes

La violencia es una fuerza verdaderamente arrolladora, y su particularidad es que emana no sólo desde la legitimación -cuando es utilizada, por ejemplo, por la fuerza pública-, sino también desde sus propios perpetradores; allí donde observamos un hecho delictivo de inusitada brutalidad, cabe repensar si, como aquél conocido puente de Buenos Aires consignaba, es cierto que “cada víctima es secretamente un victimario”.
Ello no quiere decir que las víctimas de hechos violentos tengan igual responsabilidad que los autores, sino que, en última instancia, aquellos que ejercen violencia sobre otros, en realidad, también la están ejerciendo sobre sí mismos. Consecuentemente, podríamos analizar que cada victimario es, eventualmente, una víctima de sí mismo.
Distintos hechos ocurridos en Puerto Madryn en los últimos días nos obligan a plantear, con franqueza, si aquella fuerza arrolladora está constituida en términos de inseguridad, o bien de violencia.

Cómo se construye un “flagelo”

La realidad, en honor a la verdad, es que la tasa de delitos local no ha sido distinta a la de otros años; allí donde acontecen hecho de mayor gravedad, los reflectores de la opinión pública suelen echar mayor atención; no son lo mismo cinco hechos de robo que un homicidio, y no son lo mismo dos homicidios en ocasión de robo, que un femicidio.
El peso del análisis social sobre los delitos de menor o mayor complejidad, termina por dimensionar lo que se entienden como “problemáticas” o “flagelos”.
Por este mismo motivo, a la sociedad la resulta más fácil identificarse con el perfil de una víctima -estudiante, menos de 30, con amigos, trabajador/a-, la reacción puede hasta llegar a ser explosiva -movilizaciones, disturbios, pedidos de Justicia-, que en lugar de aquellas víctimas que transitan un contexto distinto al “medio” (de indigencia, desempleo, sin estudios, etcétera). Allí se construye, muchas veces, el “doble estándar” de las sociedades que piden Justicia por sus víctimas: pero solamente por algunas, ya que en el caso de otras, “era entendible” el contexto en el que ocurrió el hecho (léase la ironía).

Hechos desmedidos

Durante el curso de las últimas semanas, varios episodios sorprendieron por su nivel de violencia, y la falta de un patrón o denominador común entre los distintos hechos es lo que, precisamente, obliga a hablar de violencia y no de inseguridad.
El primer hecho de importante gravedad fue el aberrante homicidio a golpes de una nena de cuatro años, por cuyo crimen está en prisión preventiva la pareja de su madre.
La segunda situación fue el ataque con un cuchillo de cocina a un joven de 15 años que, como tenía solamente diez pesos en el bolsillo, recibió el saldo de la ira de dos asaltantes, que no dudaron en realizarle un corte en la pierna como “represalia”.
En tercer lugar, una patota de más de diez personas literalmente “molió” a golpes a otro joven de 16 para asaltarlo en una plaza pública, y el cuarto hecho tuvo como víctima a un hombre de 43 años que recibió una puñalada en el cuello.

Los límites, desdibujados

“¿Cuál es el límite?”, se preguntaba un interlocutor días atrás, analizando esta seguidilla de ataques violentos. Entendemos que, tras asesinar a golpes a una niña de 4 años, resulta muy difícil hablar de “un” límite, excepto el de las propias limitaciones morales de cada agresor.
Y aquí es donde, muchas veces, el debate por los hechos delictivos y la seguridad entra en su primer callejón sin salida: el hecho de que exista un incremento en la presencia policial en determinados sectores, bien puede ser un mecanismo disuasivo para desalentar la comisión de delitos, no así para morigerar el nivel de violencia de aquellos que, efectivamente, ocurran.

Cada cual posee su “botón rojo”

Entonces, el problema no tiene que ver puntualmente con la seguridad, sino con la violencia que cada porción de la sociedad alberga, como si se tratara de un proceso de gestación que, en ocasiones, acelera su cauce según la situación que se presente.
Las tensiones sociales y económicas, la marginalidad, las adicciones, la discriminación: todos ellos son, acaso, unos pocos de los condimentos que, según el agresor, pueden constituirse como la “gota que rebalse su vaso”, o bien la chispa que encienda aquella mecha.
Si la violencia se encuentra presente en la identificación que se hace del Otro, es decir, en descalificar o arremeter discursivamente contra aquél que pertenece a un grupo diferente (social, económico, étnico, político), de aquél estadío a la violencia física, sólo faltará el contexto que justifique a esta última.

Mirar en perspectiva

Si el objetivo de un asaltante es quedarse con las pertenencias de su víctima, ¿por qué arremeter violentamente contra ella, una vez cumplido el fin? La respuesta, tal vez, no pueda darla ni siquiera el propio asaltante, ya que se encuentra inmerso en un contexto de violencia que funciona como un prisma a través del cual observa el mundo, sin ser consciente de que, también, él es un vehículo de la violencia de quienes lo rodean.
Tal vez, el día que, en términos nacionales y de políticas públicas, se entienda que la inseguridad se solucionará con menos violencia y no con más presencial policial, es probable que comencemos a vislumbrar la primera parte de la solución al problema. Es decir, el día en que dejemos de utilizar la violencia como medio de contacto -ya sea en mayor o menor medida-, tal vez el “ida y vuelta” de nuestro accionar como actores sociales nos encuentre siendo menos víctimas, y menos victimarios de los hechos que nos acontecen.

Gobierno de Chubut