EL FUNDADOR DE ADULTXS POR LOS DERECHOS DE LA INFANCIA PIDE MAYOR COMPROMISO DE LOS ADULTOS

Cuattromo: “El abuso sexual es el delito más impune del mundo”


En 1989, cuando Sebastián Cuattromo contaba con tan solo 13 años, fue víctima de una serie de reiterados abusos sexuales por parte del sacerdote y docente del Colegio Marianista de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), Fernando Picciochi, por entonces de 26 años.
No fue sino después de más de una década que, frente a la adversidad de verse impedido de contar lo que le sucedía dentro de su seno familiar, finalmente pudo exponer su caso y, en 2012, el entonces sacerdote fue juzgado y condenado, en un caso que tuvo resonancia nacional porque, al mismo tiempo, dio lugar a que otras víctimas, entre ellas dos compañeros de Cuattromo que habían sido abusados por la misma persona, pudieran contar su vivencia.
El acusado fue condenado a 12 años de prisión y, logrando que le aplicaran la ley del “2×1”, hoy se encuentra en libertad.
Cuattromo, junto a Silvia Piceda, fundó la Asociación Adultxs por los Derechos de la Infancia, a través de la cual ambos recorren el país compartiendo sus testimonios, con el objetivo de concientizar acerca de uno de los delitos más frecuentes, cuya mayoría de casos no logra alcanzar un juicio y una condena.
En diálogo con El Diario, Cuattromo se refirió a su historia personal y aquellos hechos que lo llevaron a poder exteriorizar el abuso, constituyéndose como uno de los impulsores de otros aspectos que han permitido visibilizar casos de abuso sexual en niñas, niños y adolescentes, entre ellos la Educación Sexual Integral y el compartir testimonios entre víctimas.

Diario: – ¿Cómo se lleva adelante, actualmente, el abordaje sobre el abuso sexual en niños y adolescentes?

Sebastián Cuattromo: Los Adultxs por los Derechos de la Infancia somos una asociación civil de la Ciudad de Buenos Aires integrada por personas adultas que fuemos víctimas del delito de abuso sexual en nuestras infancias y adolescencias, y por personas adultas que en el presente acompañamos a niñas y niños víctimas. Hace siete años que pública y colectivamente recorremos el país para brindar nuestros testimonios a la comunidad, con el sentido de que ello contribuya a generar visibilidad pública con respecto a esta injusticia, además de consciencia y sensibilidad crítica en el conjunto de la población adulta. Es una experiencia muy rica y esperanzadora la que venimos viviendo a nivel social en todo el país desde hace años.

D: – ¿Perciben cierto tipo de resistencia por parte de los adultos para hablar del tema, como si se tratara de un “tabú”?

SC: Por supuesto. Todavía, y muchas veces, ese “tabú” es fuerte. En nuestro caso, hacemos propia una estadística de una campaña pública de la comunidad europea, que sostiene que uno de cada cinco niños, niñas y adolescentes sin víctimas del delito de abuso sexual; es decir, el 20 por ciento de la población. Además, el 50 por ciento de esos abusos son de carácter incestuoso, intrafamiliar, en todos los sectores sociales, culturales y económicos. Es algo absolutamente transversal al conjunto de la sociedad.

D: – Muchas veces suele creerse que, en sectores más carenciados, este tipo de delitos ocurre con mayor frecuencia.

SC: Ocurre en todos lados. Yo, por ejemplo, sufrí abuso a mis trece años y mi abusador fue un religioso católico y docente del colegio al que asistía como alumno, el Colegio Marianista de la Ciudad de Buenos Aires, a quien veinte años después, tras un largo camino de lucha en búsqueda de reparación y Justicia, logré llevar a una instancia de Juicio y condena. Fue en 2012, más de veinte años después de ocurridos los delitos, y en esa ocasión fue que hice pública mi historia por primera vez, con el sentido, el sueño y anhelo de que mi largo camino de dolor y lucha no quedara para mí, sino que pudiera servirle a los demás para que trascendiera colectivamente.

D: – ¿En ese momento surgió la Asociación?

SC: Ese fue el inicio de este otro camino, que ya tiene siete años. Desde que hice pública mi historia por primera vez, vengo corroborando todos los días, desde hace años y en nuestro caso como organización, la enorme masividad que tiene este delito y esa transversalidad que tienen todos los sectores sociales.

D: – ¿Cuándo fue el primer momento en el que pudo exponer el abuso que había sufrido, y que lo llevó a tomar esa decisión?

SC: Fue diez años después. Primeramente, lo sufrí a los 13 en el Colegio Marianista cuando era alumno del séptimo año de la escuela primaria. Otros chicos de mi misma edad que eran compañeros míos, también fueron delitos de abuso sexual por parte de este mismo agresor, el entonces hermano marianista Fernando Picchiochi, y lo cierto es que en mi caso, durante diez años no pude hablar ni poner en palabras lo que me estaba pasando y lo que estaba sufriendo. Por ende, no pude pedir ayuda a ninguno de los adultos responsables por mi cuidado, tanto a nivel familiar, donde vivía en una casa con mamá, papá y hermanas, y en una familia donde también estaban presentes abuelas, tías, tíos.

D: – Es decir que se encontraba rodeado de personas adultas, pero en definitiva, en soledad.

SC: Ni hablar del Colegio Marianista, donde estaba rodeado de docentes, religiosos, no docentes; o sea, adultos a los cuales supuestamente podía recurrir no me faltaban, y sin embargo, en los modos de relación que tenían conmigo, me hacían sentir que no tenía confianza en ellos como para poder contarles y compartirles lo que estaba sufriendo. Eso, entre otras cosas, tenía que ver con que tanto en ese colegio, donde fui víctima del delito que quedó sobradamente demostrado 20 años después en un juicio, como en mi familia, eran dos tipos de lugares donde me tocaba sufrir diferentes abusos de poder, de violencia, de malos tratos. El Colegio Marianista particularmente era un ámbito muy violento y autoritario, en aquél entonces solamente de varones. Sentía que no tenía adultos confiables ni contextos o ámbitos que me hicieran sentir que podía compartir y expresar lo que estaba pasando.

D: – A nivel social, hace dos décadas el delito de abuso era todavía menos visible.

SC: Para dar cuenta de la responsabilidad que siempre tenemos como sociedad adulta con respecto al cuidado de la infancia, en ese momento, cuando a mí me tocó ser víctima de estos delitos, a fines de los 80 y principios de los 90, en los medios de comunicación de aquella época estaba sobre el tapete lo que se llamó el ‘caso Veira’, que fueron los abusos sexuales de Héctor “Bambino” Veira, personaje del ambiente del fútbol profesional y la farándula mediática, en ese momento había cometido en perjuicio de un niño. Delito por el cual fue juzgado y condenado.

D: – ¿Cómo repercutió ese hecho en su sentir personal, mientras estaba siendo víctima de abuso, y teniendo en cuenta cómo se mediatizó y hasta se banalizó dicho caso público en los medios?

SC: A mis trece años, entre otras cosas, era un varón muy futbolero, hincha de San Lorenzo de Almagro, cuadro que al día de hoy tiene al “Bambino” Veira como uno de sus máximos ídolos deportivos. Y a esa edad, yo iba a la tribuna popular de San Lorenzo, y tenía que sufrir la pesadilla de que alrededor mío, miles de personas adultas, varones en su gran mayoría y entiendo que gran parte de ellos padres de familia, cantaran canciones reivindicando a Veira y burlándose del niño víctima con nombre y apellido. Porque, entre otras cuestiones, los medios de comunicación de aquella época habían dado a conocer la identidad del niño desde un primer momento, y su nombre circulaba en toda la sociedad en clave de ‘mofa’, de banalización. En el mismo momento en que sufría estos abusos en el Marianista, la sensación de absoluto desemparo y soledad que sentía ante el mundo, todo eso a mí me daba la convicción de que si intentaba hacer algo con lo que estaba sufriendo, ya no el Colegio Marianista y mi familia, sino la sociedad adulta que me rodeaba, muy lejos de saber escucharme o escucharme, me iba a destruir.

D: – ¿Esa sensación llegó a extremos tales como querer irse de la ciudad en la que estaba o, peor aún, pensó alguna vez en quitarse la vida?

SC: Pensamientos, sí. En la práctica pública y colectiva de tantos años, puedo decir que es muy fuerte la relación que hay entre el suicidio y el hecho de haber sido víctima de abusos sexuales en la infancia y la adolescencia, estadísticamente. En nuestra práctica colectiva lo corroboramos. Entre otras cosas, nosotros hacemos dos tareas: una es visibilizar públicamente con la comunidad esta lucha y esta injusticia a partir de compartir nuestros testimonios, y la otra es tener lo que llamamos un ‘encuentro solidario de pares’ en Buenos Aires, que funciona todas las semanas del año, desde hace siete años, sin interrupción alguna. No es ni más ni menos que tener un espacio de diálogo anónimo para personas adultas que fuimos víctimas, o adultos que acompañan y defienden a niños víctimas, además de que asisten parejas, compañeros y compañeras de trabajo, demostrando cómo esta injusticia afecta de múltiples personas y a la comunidad en general, no sólo a quien fue víctima de manera directa. Además, en distintos espacios del país esto se viene replicando, nosotros buscamos que se multiplique, y vemos, entre otras cosas, que tenemos muchísimas compañeras y compañeros, de las más diversas generaciones e historias sociales, que han sufrido intentos de suicidio. Y muchas y muchos hemos tenido, por supuesto, pensamientos.

D: – ¿Qué sucede con el abordaje en los casos de abuso en las distintas provincias? ¿Hay algunas donde la Justicia muestra una mayor resistencia?

SC: Al vivir en un país federal como el nuestro, tendríamos que analizar la situación provincia por provincia. Pero en líneas generales, a nivel nacional, en nuestra práctica de tantos años, vemos que por un lado hay denominadores comunes, hablando del Poder Judicial y su relación con niñas y niños víctimas de abuso sexual. Uno es el de la gran impunidad que tiene este delito. Hay especialistas que sostienen que es ‘el delito más impune del mundo’, afirmando que de cada 1.000 abusos que suceden, 999 quedan impunes, porque de esos mil abusos, menos del 10 por ciento llegan al conocimiento del Poder Judicial, y dentro de ese acotado universo, solamente uno termina en juicio y en condena.

D: – Esto conlleva a la necesidad de que, cada vez más, las víctimas puedan exteriorizar sus vivencias.

SC: Para nosotros es fundamental que cada vez más personas adultas, de distintas maneras, podamos salir a dar cuenta pública y socialmente en nuestras sociedades que hemos sido víctimas, que este delito existe, que las niñas y niños nunca mienten ni fabulan el hecho de ser víctimas de abusos sexuales; que cuando los niños o adolescentes manifiestan haber sido víctimas de abusos, es nuestra obligación como comunidad adulta creerles, no poner en duda lo que están manifestando, ‘jugarnos’ por su proteción, que es la obligación del Estado como garante de los derechos de la infancia. Por supuesto, cuidarlos, protegerlos y que en materia legal tenga el correspondiente juicio y castigo a sus culpables.

D: – ¿Qué sucede con la formación y el conocimiento, o la falta del mismo, de niños y adolescentes respecto de la educación sexual?

SC: En otros planos, en materia educativa, siempre en todo el país abogamos con que podamos lograr la plena aplicación de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI), sancionada en el Congreso Nacional en el año 2006, y que a trece años de su sanción, recorriendo el país como lo hacemos nosotros, desde la pluralidad de la sociedad civil, vemos que en líneas generales todavía está muy lejos de ser una realidad y una política de Estado como debiera serlo. Y, entre otras cosas, nosotros tenemos la convicción y la esperanza de que, si en las escuelas, a diferencia de aquél Colegio Marianista en la que a mí me tocó sufrir este delito, construimos contextos y ámbitos donde las chicas y los chicos puedan expresarse y compartir sus emociones, sentimientos, donde puedan hablar de lo que les pasa y sentir que tienen adultos confiables a los cuales recurrir, no tenemos dudas de que el abuso sexual va a tener que aflorar como nunca lo ha hecho hasta ahora. Particularmente, el intrafamiliar, que es el más frecuente. Porque, como adultos, no hemos sabido generar las condiciones de posibilidad para que ello suceda.

D: – Incluso, actualmente hay padres que confunden la educación sexual con la “ideología de género”, que hasta el momento, no se sabe bien qué significa como concepto. Y eso genera resistencia en las escuelas, ni hablar de aquellas religiosas.

SC: En nuestro diálogo permanente con la comunidad, creemos que, en el caso de la Ley de ESI, hay mucho desconocimiento, por eso invitamos a que la comunidad la conozca, que pueda conocer sus materiales ya que nos parece una muy buena ley, con una perspectiva integral que plantea de la sexualidad, buscando que niñas y niños sean sujetos de Derecho al interior de las escuelas. Y, algo que también es muy importante para nosotros, es que si las docentes y los docentes estuvieran capacitados en materia de abuso sexual, van a saber ver lo que niñas, niños y adolescentes manifiestan no solamente con palabras. Muchos manifiestan que están siendo víctimas de abusos a través de su manera de relacionarse, de sus cambios de conducta, de actitudes, ni hablar a través de los dibujos. Muchos gritan delante nuestro estar siendo víctimas de abusos, y nosotros, como adultos, no sabemos escuchar eso.


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