Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

En la penumbra del dormitorio de Brigitte, me sentí preso de la incertidumbre, la atmósfera se había puesto densa, y por más que lo intentaba, no podía imaginar una mañana diáfana, pletórica de candedos en flor, con niños corriendo por un parque, jugando al antiguo y añorado tiroleto. Todo estaba obscuro, obbbbbbscuro, y tenebroso. Brigitte estaba enojada conmigo por mis frecuentes visitas a Mahama, pero ella, por su parte, no contabilizaba como propios sus encuentros con los de la secundaria, por ejemplo, estos dos cadáveres caminantes, estos dos muertos que hablan, tendidos a lo largo y a lo ancho de su recámara, ¡de su sagrada recámara! Donde alguna vez habíamos sido dos jóvenes felices y despreocupados, jugando al maravilloso juego del amor. Pero ahora era distinto, Brigitte estaba como histérica y no hacía otra cosa más que golpearse la cabeza contra los culos blancos del cuadro de Fátima y decir en voz baja maldiciones en arameo o alguna otra lengua meridional muerta. Menos mal que en medio de esta escena gótica, uno de los hermanos Ofori habló. Era Max.
“Se da cuenta usted Anthony, señor mío…” “Disculpe, si no le es mucha molestia, le solicito que me llame por mi rango académico, que es doctor, y por mi nombre protocolar, que es Kachavara. Doctor Kachavara, si es tan amable y de fina voluntad.” “Como sea, Doctor Kachavacha.” “Kachavara por favor.” “Katchavatcha” “Kachavara” “Kachavarcha” “Kachavara” “Kaxchavaxcha” “Kachavara” “¡Basta Anthony por favor! ¡No aguanto más esto!” Intervino interrumpiendo Brigitte entre sollozos. “Que Kachavacha si que Kachavacha no. ¡Termínenla por favor! Y vos, Max, sos un flor de pelotudo, un experto del arte de hablar sin decir nada. Ven Anthony, vayamos a hablar a la cocina, tú y yo solos.”
La cocina de Brigitte compartía la pared con la de Mahama, esta práctica se realizaba en los edificios de consorcios para abaratar costos e instalar en una misma pared todas las cañerías de agua, gas y electricidad. Y aún más, estas cañerías eran comunes a ambos apartamentos, lo mismo que la grifería, que era usada tanto por la cocina de uno como por la cocina del otro. Las canillas se trasladaban de una cocina a otra por medio de un sistema de cinta sin fin, adosado a una rueda excéntrica automática y un charfolio suspendido entre ambas cocinas que hacía girar el sistema de manera aleatoria. La canilla estaba siempre abierta, brindando ese sonido serenito del agua corriendo, ideal para la meditación y el relajamiento espiritual.
Nos sentamos junto a una mesita que tenía un mantel de hule. Encima de ella, un absurdo patito de hule, fuera de su lugar original, la bañera.
Brigitte inició la conversación. “Mirá, Anthony, la verdad que te extrañaba, pero en el fondo, no sé para qué volviste. Me hace mucho mal recordar, pero ahora que estás acá, todos los recuerdos giran en torbellino como un carrusel. Y tú acá sentado, sin decir nada y bebiendo un Esmuris tras otro.” “Era verdad. Ni bien me hube sentado en la cocina no había parado de tomarme un amargo Esmuris tras otro hasta, sin darme cuenta, pasar a un estado de catatonia alcohólica que solamente me permitía hablar con consonantes y unas pocas vocales. Quería decirle muchas a cosas a Brigitte, quería pedirle perdón, o no, quería perdonarla a ella, pero eran tantos y tan confusos mis pensamientos, producto de haber bebido ese amargo brebaje adictivo, y de no haberlos ordenado por mucho tiempo, que lo que pensaba que iba a decirle era mucho más que lo que salía de mi boca, así que haciendo un esfuerzo lingual e intelectual, necesitaba decirle que tenia en mi cerebro la fórmula de la felicidad, y que quería compartirla con ella, pero no con los Ofori, que se habían parado bajo el marco de la puerta y miraban todo con cara de ansiosos. Finalmente le dije:
“Brgitt, t quero dcir qu necsit t ayud. M prsigu mi tia Chla y la mafia calbrsa Tngo mcho mdo y no teng ni n centv. Ayudm pr fvr!!!”
Continrá…