Por Javier Arias
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La infancia de Ahmidou Akhansanyata Akinkinyemi fue un verdadero suplicio. Desde muy chico tuvo que sufrir las bromas de propios y ajenos por el mal tino de sus padres al escoger tal estrafalario nombre. Convengamos que si bien en su ciudad de origen los nombres africanos no estaban mal vistos; en Mombasa, el principal puerto de África oriental casi todos tenían nombres africanos, no todos debían acarrear a lo largo de su vida la falta de perspicacia de sus padres. Con temor de no ser exactamente precisos en la traducción del suajili, debemos detallar que Ahmidou significa “el que se hinca”, refiriéndose a su amor a los dioses; Akhansanyata se puede traducir como “con valor al sufrimiento”, directamente vinculado al amor por el trabajo y el fruto del mismo; y Akinkinyemi, posiblemente derivado de Akin-Kinlemi, muy utilizado en la zona portuaria entre los antiguos estibadores, los cuales, para una mayor eficacia en el trabajo se nominaban de acuerdo a su lugar de labores, y referían a este nombre a la persona que se ocupaba de la popa de los barcos o “el que atiende la popa” o directamente “atendiendo siempre por detrás”.
Cada uno de sus nombres, por separado, eran dignos del más insigne respeto, pero dichos uno tras el otro, eran blanco asegurado de las burlas más despiadadas, y por más africanos que sean, los niños son crueles en todos lados, “el que se hinca, con valor al sufrimiento, atendiendo siempre por detrás” no daba muchas opciones para la confusión. Tal vez por esta razón Ahmidou dejó de usar su nombre completo y lo cambió por Ahmidou Kinlemi, que significa solamente “el que se hinca por detrás”, lo que, obviamente, no resolvió el tema de las burlas.
Kinlemi, un poco huyendo de tan calamitosos días de infancia, y otro poco de ciertos acreedores, decide viajar al centro mismo de la África Negra y emprende su camino a pie hacia el poblado de Bombó, en el reino del Congo. Fueron muchas las penurias y las aventuras que vivió Ahmidou en el trayecto, trabajando desde obrero en la construcción de la red vial congoleña, hasta de panadero, especialista en masas finas; pero es tal vez su paso por una pequeña iglesia de Sundi, lo que marcaría definitivamente su futuro. Es en ese pequeño y enclenque edificio es donde Ahmidou tuvo su primera y más espectacular visión, en ella vio tres cielos, pero en contraposición con la religión que separaba a las almas de los hombres, de las de los ángeles y de Dios mismo, en la revelación de Ahmidou, en el primer cielo vivían las almas de la A a la H, en el segundo, de la I a la M y en el tercero, de la N a la Z. Esta visión revolucionó su modo de ver a las divinidades, creando su propia iglesia, la religión hoy conocida como el animismo enciclopédico. Desde ese momento Kinlemi dedicará su vida a la labor proselitista de sus creencias, que se apoya en cuatro conceptos básicos, los cuales serán categóricamente criticados por sus opositores, los mismos (los principios, no los opositores) indican que existe un solo ser supremo, pero está lejano, o sea, inútil rezarle, porque difícil que escuche; fusiona los conceptos de individuo y comunidad, ofrece sacrificios expiatorios y cree en la mediación de personas sagradas. Sus críticos aducen que Ahmidou, con eso de abolir el individuo a favor de la comunidad, los sacrificios y las personas sagradas, solo perseguía la fortuna de las viudas congoleñas, pero nunca pudieron probar nada.
Años más tarde, y ya radicado con su pequeña comunidad, una segunda visión le indicó que debía tomar un cuchillo y cortar los lóbulos de todas las orejas de sus creyentes, pero ante la rotunda negativa de los mismos, Kinlemi afirmó que seguramente había escuchado mal, que al fin y al cabo el ser supremo efectivamente estaba muy lejos y esa noche había mucho viento. Sus palabras tranquilizaron a sus fieles y desistieron de abandonarlo en masa.
Pasaron muchos inviernos y Ahmidou no volvió a tener ninguna revelación mística, y cuando ya creían, aliviados, que la participación divina había acabado en este mundo, Kinlemi se despertó a los gritos en medio de una noche especialmente agobiante. Sus fieles se reunieron rápidamente en la puerta de su vivienda, expectantes de las palabras de su maestro. Expectantes y un tanto atribulados, aún guardaban fresco el recuerdo del cuchillo desorejador, tal vez por eso se explica que muchos ya tuvieran valijas y atados de ropa en las manos.
Después de un largo silencio donde Ahmidou se quedó con los brazos abiertos y los ojos dirigidos al cielo oscuro, el Gran Chamán se dirigió a su prole y dijo: “Wasafiri hawana oboro, fanye oboro lini ninatembea. Wasafiri hawana oboro, tu wimbi katika – baharini”, que burdamente traducido vendría a ser algo como: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar, caminante no hay camino, sólo estelas en la mar”. Acto seguido Ahmidou abandonó sus creencias religiosas para iniciar una tardía carrera como cantautor en la costa oeste del continente africano.