Dicen los nativos de América que ´el buen saber, hace al buen vivir´. Y el ´buen vivir´ es un concepto ancestral de conjunto, nunca de unos pocos. Por eso, en este momento más que nunca, como decía don Juan Matus, “la clave está en lo que se enfatiza. O nos hacemos desdichados o nos hacemos fuertes. Y cuesta el mismo trabajo lo uno que lo otro”.
La crisis sanitaria provocada por el coronavirus en Argentina, hace obligatorio abrir un debate profundo sobre el rol de la universidad y al servicio de qué está la investigación científica. ¿Estarán al servicio de las grandes empresas, laboratorios y las ganancias capitalistas, o de resolver los grandes problemas de las mayorías, ante lo que muchos denominan una «sorpresa epidemiológica»?
Como dicen los científicos marxistas Richard Lewontin y Richard Levins en su libro “La biología en cuestión. Ensayos dialécticos sobre ecología, agricultura y salud”: “Hay otro nivel de explicación que nos ayudará a comprender las barreras intelectuales que condujeron a la sorpresa epidemiológica. La estrechez de miras y el pragmatismo son modos característicos de pensamiento que imperan en el capitalismo, mientras que el individualismo del sujeto económico es un modelo que conduce a abordar todos los fenómenos en forma aislada y autónoma. A esto se agrega una industria del conocimiento que transforma las ideas científicas en mercancías destinadas al mercado, precisamente las soluciones mágicas que la industria farmacéutica le vende a la gente. La historia a largo plazo de la experiencia capitalista fomenta aquellas ideas que son reforzadas por la estructura de las organizaciones y la economía de la industria del conocimiento, y contribuyen a crear patrones especiales de ilustración e ignorancia que son característicos en los diferentes campos, y que tornan inevitable el surgimiento de determinadas sorpresas relacionadas con ellos.”
Vale preguntarse entonces, frente a tan importante crisis, ¿qué pasa con las universidades e instituciones científicas en la Argentina?

La fuerza del saber

Según los últimos informes de la Secretaría de Políticas Universitarias, dependiente del Ministerio de Educación Nacional, en Argentina hay 61 Universidades e Institutos Universitarios Estatales Nacionales y 5 Universidades e Institutos Universitarios Estatales Provinciales; aparte de 62 Universidades e Institutos Universitarios Privados.

En las públicas estudian un millón y medio de personas, y hay 120 mil docentes. En las privadas medio millón. El personal del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología, registrado en CVar, se concentra principalmente en las universidades o institutos universitarios de gestión estatal, constituyendo el 71%, lo que representa a casi 40 mil personas.
Las universidades e institutos de investigación científica del país tienen objetivamente un potencial inconmensurable para ser parte de afrontar la crisis sanitaria en el país. Pero, ¿a dónde está orientada la investigación y el conocimiento en las universidades?

La brújula al revés

Desde la dictadura a esta parte, el histórico problema del desfinanciamiento, por parte del Estado, del sistema científico nacional y de las universidades, permitió una cada vez mayor intromisión de los grandes empresarios del agronegocio, la industria farmacéutica, laboratorios, por nombrar algunos, en la orientación y los objetivos de la investigación y contenidos curriculares de las carreras.
Y con la Ley de Educación Superior (LES) del menemismo, que mantuvieron todos los gobiernos hasta hoy, se logró cumplir el objetivo de avanzar en la elitización y mercantilización: a través de las acreditaciones de carreras a la Coneau (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria); las modificaciones de los planes de estudios con una orientación hacia las necesidades empresariales; la degradación del título de grado en beneficio de un gigantesco florecimiento de posgrados pagos; la generalización de convenios con grandes empresas que llegan incluso a funcionar dentro de predios universitarios; el establecimiento de cupos y restricciones en el ingreso a la educación superior; entre otros. Sí, todo esto y más en las universidades públicas y en los centros de investigación, que hasta reciben financiamiento de organismos internacionales.
Esta intromisión de las empresas y organismos busca poner nuestro conocimiento y la investigación científica en función de la maximización de sus ganancias, explotando cada vez más a la clase trabajadora y los recursos naturales. A la vez que lleva a la elitización de la investigación científica, donde los estudiantes en su gran mayoría no tienen acceso, y a la separación de la práctica científica de las necesidades de las grandes mayorías. Este es el primer gran obstáculo que explica porqué las universidades no están jugando ningún rol en la crisis.

La visualización inesperada

Esto, que es denunciado frecuentemente por muchos investigadores y profesionales, trabajadores precarizados del sector, se pone al descubierto en momento de crisis de magnitud como la que estamos viviendo. Los grandes laboratorios, empresas de producción de insumos sanitarios, limpieza e higiene, ganan fortunas lucrando con la salud, o aumentan los precios y provocan desabastecimiento mostrando el desprecio por la vida de las grandes mayorías. Son las mismas empresas que pretenden dirigir las universidades.
Pero este problema no es solo de Argentina. Hace pocos días, el investigador Francés Bruno Canard, publicó una carta denunciando que trabajó durante años en la cepa de los coronavirus pero que luego sus investigaciones quedaron a la deriva por falta de recursos. En 2016, Peter Hotez, junto a su equipo del Colegio de Medicina de Houston, denunciaron que estuvo a punto de lograr una vacuna contra el coronavirus, y cuando tenían que comenzar las pruebas, se cortó el financiamiento.
Es que la investigación científica en favor de las grandes mayorías, como la creación de vacunas para prevenir pandemias, no son rentables para los grandes laboratorios, cuyo fin en el sistema capitalista es el lucro constante, a costa de la vida de millones de personas y utilizan la ciencia con ese objetivo.
Ya durante la crisis de la Gripe A, por poner un ejemplo de las últimas décadas, hasta la Organización Mundial de la Salud ocultó los vínculos financieros entre sus expertos y las farmacéuticas Roche y Glaxo, fabricantes de Tamiflu y Relenza, los fármacos antivirales contra el virus H1N1.
Mientras que la clase trabajadora, la verdadera productora de todas las riquezas, juntos a millones de trabajadores que mueven el país en los hospitales, en la educación, el transporte público, la logística y sus familias, es la que está expuesta a pagar con su salud e incluso con su vida, las aberrantes consecuencias de la rapacidad e irracionalidad del sistema capitalista.

Momento de zarandear responsabilidades

¿Quiénes garantizan una universidad al servicio de las empresas en medio de la crisis? Las universidades nacionales son dirigidas por un organismo que se llama Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), compuesto por los rectores de todas las universidades nacionales. Hasta el momento, los mismos, reunidos con ministro de Educación Trotta, se han limitado a debatir si suspender las clases y diversas actividades académicas o no. Pero nada se discute sobre cómo podrían ponerse todos los recursos científicos, infraestructura universitaria y el conocimiento para combatir la pandemia.

Otra mirada

¿Qué rol podría jugar la comunidad universitaria y científica en la crisis? Partimos de que frente a esta crisis, todas las universidades deberían informar públicamente con cuántos docentes, científicos, carreras, laboratorios y áreas de fabricación de insumos ligados a la salud, cuentan. Esa información no es pública y tenemos derecho a saberlo.
Sobre esa base se podrían tomar medidas de urgencia como la fabricación de elementos de prevención e higiene, maquinaria para hospitales y salas, dirigir las investigaciones hacia las necesidades de combatir la pandemia, convocar a estudiantes de medicina, enfermería, psicología, trabajo social, sociología y otras, para que sean capacitados para trabajar (con salarios y condiciones laborales acordes) en las distintas áreas del sistema de salud.
Por ejemplo, como ya está ocurriendo en Bahía Blanca y San Luis, ¿cuántas universidades más están en condiciones de producir alcohol en gel ante la escasez de insumos y los sobreprecios que se están generando las empresas?

El pensamiento debe ser práctico

En el Estado Español, las cinco universidades públicas de la Comunidad Valenciana han puesto sus instalaciones a disposición de las necesidades que se deriven, así como material específico como impresoras 3D o aquellas investigaciones que puedan ayudar en cuestiones como la fabricación de mascarillas de bajo coste o la elaboración de hidrogeles. ¿Qué estamos esperando?
Por otra parte, en la zona oeste del Gran Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), con 60 mil estudiantes, cuenta con las carreras de medicina y enfermería. Toda la investigación, sus laboratorios, docentes y estudiantes universitarios podrían aportar enormemente en esta crisis. Los estudiantes de Ingeniería, o el Polo tecnológico, que se especializa en inteligencia artificial y robótica, cuenta con impresoras 3D: ¿qué rol puede jugar para ayudar a combatir la crisis sanitaria con equipamiento al sistema público de salud?
Los estudiantes de relaciones laborales podrían colaborar en asesorar en las condiciones de trabajo necesarias para resguardar a los trabajadores. Los de psicología, trabajo social y sociología, podrían trabajar para asistir y acompañar a las familias obreras y de los sectores populares que más expuestas están al contagio. Quienes estudian arquitectura, saben que el problema del hacinamiento y la contaminación de millones de habitantes implica que hay sectores que son altamente vulnerables al coronavirus, dengue y brote de sarampión, ¿qué ideas podrían aportar sobre cómo atacar este problema? La mayoría de todo esto requeriría trabajo a distancia sin afectar el aislamiento, o en condiciones especiales dispuestas por los claustros para sector determinados.

Una experiencia para generar conciencia

Otro gran inconveniente es que no contamos con información y difusión independiente, que no sea monopolio del estado. ¿Cuánto podrían aportar ya prender actuando en estos momentos los estudiantes de comunicación social?
Casas de estudio como la Universidad Nacional de Hurlingham (UNaHur), cuentan con carreras como Ingeniería en biotecnología, que podrían colaborar con el desarrollo de kits de diagnóstico rápido y preciso del coronavirus gratuitos, con financiamiento del estado y control de especialistas. Esto permitiría realizar test masivos para la detección rápida y aislamiento de los casos diagnosticados actuando en común con los hospitales para llegar a la población en forma urgente. O la carrera de Diseño Industrial, que permite el diseño en 3D y la fabricación de respiradores para los hospitales, algo elemental y muy escaso en la mayoría de ellos.

Alguna reacciones

Recientemente las autoridades de la UNaHur firmaron un Convenio de Cooperación con el Hospital Posadas. Según se informa, el objetivo es que los/las estudiantes de enfermería y kinesiología puedan “realizar prácticas en ese hospital y conocer sus avances científicos y tecnológicos”, el cual atiende un área de influencia de alrededor 6 millones de habitantes. Considerando que las medidas parciales de aislamiento solo permiten retrasar la propagación del coronavirus, según reconoce el propio gobierno, cada minuto podría ser utilizado de forma urgente para capacitar masivamente a los estudiantes de estas carreras para trabajar en el Hospital con salarios y plenos derechos. Para eso es necesario también terminar de reincorporar a todos los despedidos, y que el Estado garantice todo el equipamiento necesario.
Estos ejemplos se describen para mostrar el rol que podría jugar hoy la comunidad universitaria y científica. Pero, por ahora, toda esta información sobre todas las universidades, sus institutos de investigación y recursos no es masiva, como para ponerla a disposición de enfrentar la crisis.
Las universidades deberían estar al servicio de producir conocimiento para resolver los padecimientos y problemas de las enormes mayorías. Si toda esta conexión con las empresas privadas, sostenidas por un régimen antidemocrático con rectores que defienden esos intereses, en alianza con el Estado, sostienen que esto no sea así, hay que comenzar a pensar en voz alta otro modo de gestionar nuestra vida. El momento lo requiere.
Aparte de garantizar el derecho a la información sobre los recursos de las universidades, y activar comunidades de acciones a distancia en las diferentes facultades, sería urgente una partida presupuestaria de emergencia para el sistema educativo superior (…), además de ponerlo en la real consideración de sus capacidades y activarlo en esta experiencia como aprendizaje invaluable con mirada a posibles situaciones similares a futuro.
Es el momento para, desde la mirada crítica de la universidad de clase, pasar al cuestionamiento de la sociedad de clases, y poner esta fuerza social en función de los intereses de la mayoría”. (…)
En fin, como decía Keynes, “En tiempo de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Fuente: Universitarios, PTS en el FdI, LID.