CORONAVIRUS

LOS CAMBIOS QUE TRAE EL COVID-19 SOBRE UNA HUMANIDAD QUE CRECÍA Y SE DISPARABA HACIA LA BÚSQUEDA DE LA ETERNIDAD Y LA FELICIDAD PERPETUA, AHORA LASTIMADA POR UN VIRUS RESPIRATORIO QUE SE CONECTA CON LA VELOCIDAD DE LA FIBRA ÓPTICA Y SE GLOBALIZA A TASAS CHINAS

Un golpe al “ego”


Por Diego A. Giuliano*

La humanidad ha tenido logros destacados en los últimos siglos. Los avances de la ciencia y la biotecnología son asombrosos. Hace mucho ya que viajamos a la Luna y nos disputamos la conquista del espacio, construimos rascacielos impensados, avanzamos tecnológicamente, enhebramos sesudas Constituciones que reconocen nuevos derechos, Tratados internacionales de Derechos Humanos y sentencias cuasi universales que dictamos y hacemos cumplir.
Hace tiempo ya que nos comunicamos cada vez con más celeridad y avanzamos fuertemente en casi todos los campos. Ello nos honra.
En los comienzos del tercer milenio, algunos sostienen que hemos sido capaces de controlar la guerra, las pestes y las hambrunas que asolaron a la humanidad en los siglos pasados. Es innegable que la investigación médica, las reformas en la economía y las iniciativas de paz, dieron sus resultados.
Claro que todos esos logros, muchos de ellos indiscutibles, no pueden ocultar que todavía millones de personas están inmersas en la pobreza, padecemos enfermedades y se libran cruentas guerras regionales.

Expectativas infladas

Si bien, como reconoce Yuval Harari, el autor de Sapiens, Homo Deus y otras obras, estos problemas no fueron totalmente resueltos, habían dejado de ser “fuerzas de la naturaleza incomprensibles e incontrolables para transformarse en retos manejables”. Tal es así que, más allá de las agendas diarias de crisis económicas y conflictos bélicos, la humanidad estaría preparada para “alzar la mirada y empezar a contemplar nuevos horizontes”.
Y esos nuevos horizontes, dice Harari, probablemente fueran la inmortalidad, la felicidad y la divinidad, nada menos: “Después de haber reducido la mortalidad debida al hambre, la enfermedad y la violencia, ahora nos dedicaremos a superar la vejez e incluso la muerte. Después de haber salvado a la gente de la miseria abyecta, ahora nos dedicaremos a hacerla totalmente feliz. Y después de haber elevado a la humanidad por encima del nivel bestial de las luchas por la supervivencia, ahora nos dedicaremos a ascender a los humanos a dioses, y a transformar Homo sapiens en Homo Deus”.

Sucede que en el invierno del hemisferio norte del año 2020, un virus potente parece acomodarnos en nuestra finitud y en nuestra vulnerabilidad colectiva. Y la pandemia empieza del lado de los países que más crecen, y continúa del lado de los pueblos más avanzados del planeta, y en su curso, algunos de los líderes de las principales potencias devienen claramente patéticos. Y se contagian los que llevan coronas, los pobres, los príncipes, los artistas, los trabajadores y los Jefes de Estado, los buenos y los malos. Y la sensación de mediocridad y de falibilidad humana se propaga inexorablemente.
Un virus que es un desafío planetario y que se desata en el gigante chino, se disemina en Europa, se multiplica en Estados Unidos y avanza, más lento pero no menos amenazante, en los países del Tercer mundo.

El sangrado de la autoestima

Y la herida narcisista que el Covid-19 provoca en la ciencia y en la política desata interrogantes globales, teorías conspirativas sobre su origen e historias sobre intenciones macabras de “científicos locos” o líderes super ambiciosos que reproducen especies de guerras químicas. Todo, por ahora, un tanto delirante, impreciso e incomprobable.
Las guerras eran producto de nuestros desajustes, pero al fin y al cabo eran la consecuencia de nuestras decisiones, en general, de nuestras malas decisiones.

Nada debería ser igual

Luego del coronavirus, el “ego” de la humanidad del siglo XXI no puede decirse que ha quedado intacto. Hay algo irremediable. Hay un fracaso poderoso en el aire. Quizás no sea ni el único ni el último fracaso. Pero hasta el momento, estamos siendo sólo eficaces en contar enfermos y muertos, todo en el breve lapso de un trimestre. Casi nada en el trayecto de la historia.
Claro que también es tiempo de grandes gestos, actitudes solidarias, valientes y humanamente edificantes. Claro que también hay respuestas políticas admirables: priorizar la salud a la economía, cuidar la vida antes que el mercado, y anteponer el valor de lo humano sobre cualquier clase de especulación, como ha sucedido en Argentina fuera de toda grieta e incluso entre los que están en las antípodas, son actitudes políticas inusuales, ejemplares, refrescantes.
Pero de manera inevitable, el “ego” de una humanidad o de una parte de la humanidad que crecía y se disparaba hacia la búsqueda de la eternidad y la felicidad perpetua, está lastimado por un virus que se conecta con la velocidad de nuestra red de fibra óptica y se globaliza.

Aprender del desconocimiento

El concepto de pandemia como propagación mundial de una enfermedad respecto de la cual la mayoría de las personas no tiene inmunidad, parecía muy lejano y hasta sonaba a rémora medieval para buena parte del mundo.
Cuando los científicos de las universidades más prestigiosas y los biólogos consagrados recomiendan lavarse las manos, no tocarse la cara y mantener distancia social como remedio preventivo, es evidente la desazón, la precariedad y el descalabro que nos domina.
Estamos frente a un virus que, en el medio de una expansión colectiva alucinante en casi todos los campos, se transforma en la oportunidad de reconocernos en nuestros límites y en nuestros fallos, pero también en la oportunidad de transformar el “ego” de nuestra civilización en una esperanza igualitaria.
El virus que crece a tasas chinas, como casi ninguna otra cosa o suceso contemporáneo, nos ha igualado.

El final o el principio

Siempre que escribo, necesito proponer y sino vislumbrar, cierta expectativa positiva en el horizonte. Me gustan condenadamente los finales felices. Quizá por eso no pueda terminar fácilmente este artículo. ¿Dónde estaría el final feliz? ¿En la vacuna? Quizás cuando llegue ya serán muchas las víctimas. ¿En la solidaridad reparatoria? No necesitábamos pasar por esta experiencia dolorosa para descubrirla o renovarla. ¿En la reducción de daños? Todo parece llegar un poco tarde.
La idea de un Gobierno crecientemente universal y de fondos humanitarios anticíclicos y solidarios son esperanzadores, aunque todo parece llegar tarde cuando se trata de recomponer el “ego” herido de una humanidad que soñaba con el Homo Deus y se encontró con un virus, y quizás esa sea la enseñanza del coronavirus. No puedo con mi genio de los finales felices.

*Abogado constitucionalista. Doctor en Derecho y Ciencias Sociales


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