Por Alejandro Lodes

Unas voces pedían que me calmara “Todo va a estar bien, dejá que te atiendan”, entonces cerré los ojos y en una camilla me dejé flotar. El médico me pidió que mueva los dedos del pie y, luego de intentarlo y ver que no sucedía, con una suave sonrisa me dijo que ya iba a mejorar. Llenó un informe, dio una media vuelta y me dijo “Hay que llamar a tus padres, en pocas horas te van a operar”.

Necesitaba un abrazo y alguien que me dijera que ya estaba curado. Recién despertaba y viendo todo borroso noté que estabas ahí. Una total desconocida cuidándome y vigilando que nada malo me sucediera. “Tu familia está en viaje pronto van a llegar, no te preocupes” – Pronunció con su voz graciosa y alegre. Miré mi pierna extendida hacia arriba y con un yeso, todo aquello había sucedido de verdad.

Ganamos ese partido, y a las pocas semanas el torneo. En todo el país se conocerá el nombre de nuestro equipo, en los diarios y televisión hablarán de nuestra lucha por el ascenso y de los sacrificios. Mensajes de los fanáticos y compañeros del equipo llegaban para animarme, pero sabía que tarde o temprano alguien ocupará mi lugar. Muchas veces las lesiones no son físicas. También hay traumas de los que me tendré que recuperar.

Empecé a soñar que me pasaban la pelota y no la podía alcanzar. Por más rápido que corriera y por más fuerte que lo intentara simplemente no llegaba. La gente se agarraba la cabeza y los cantos dejaban de sonar. El silencio inundaba la cancha y comenzaba a preguntarme que veían en mí. Desperté, miré hacia mi pie y seguía sin poder mover los dedos. Quizás después de un tiempo me olvide de esto.

Solamente podía esperar a que fuera como en una película, que cuando termina empiezan los aplausos. Pero pasaban las letras con los nombres de quienes me ayudaron en el camino, y en el cruel silencio de esta sala todo llegaba a su final. Ya habían pasado cuatro semanas en rehabilitación; a veces sentía que todo era inútil, que arrastraba mi agonía y no había a quien culpar más que a mi propia existencia.

Miré al techo, luego al espejo, y le pregunté a mi reflejo “¿A quién le importa si ya no hay más nada que pueda hacer?”. Entonces escuché su melódica voz una vez más. “¡A mí sí me importa!”. Giré la cabeza y allí estaba ella con un gracioso peluche del hombre araña. “Éste sos vos, un superhéroe para todos nosotros”. Toda la tristeza y frustración desaparecieron, su amistad me iluminó y sus risas hicieron parar el dolor.

La miré con lágrimas en los ojos, y le pedí que me sacara de ese lugar. Me sujeté a su hombro muy fuertemente y salimos de allí. (Creo que realmente nunca se dio cuenta que ese día ella había sido la heroína). “¡Mirá todo lo que lograste! Tenés que aprender todo de nuevo paso a paso” – y mientras lo pronunciaba pude ver en sus ojos cuánto deseaba que me recuperara.

Traté de esconder mis ojos llorosos con una sonrisa. En la salida del hospital un chico me había reconocido y, con muchas esperanzas, me preguntó sobre mi recuperación. “Bien, ya puedo mover los dedos, espero el día que pueda volver a caminar con normalidad” – le dije sin pensarlo dos veces. No podía más que mentirle para no destrozar sus ilusiones de volver a verme jugar.

¿Qué queda después de la derrota?” – Pensé viendo mi cuerpo destruido, y con mucha angustia en el pecho me encerré junto a mis demonios y los dejé confabular. Ya lo había perdido todo, la recuperación era mi último ‘manotazo de ahogado’ y había fallado. Entre insultos y gritos no podía parar de llorar. “¡Mi pie derecho nunca más volverá a funcionar!

Dicen que después de un trauma tenés que caer bajo para superarlo, pero si ya estás en el suelo uno se pregunta “¿cuánto más profundo se puede llegar?”. Comencé a hundirme en el mundo del alcohol. Me sentía enfermo de angustia autodiagnosticada, y me rehusé a ver más médicos por el resto de mi existencia. “Ya no hay más nada para hacer”- Golpeé mis puños contra la pared una vez más.

Hace mucho que no salgo a ver la luz solar. En mi cuarto tengo todo a mi alcance, grito por las tardes, y ya no sé si quiero seguir intentando volar. Fue entonces en ese momento cuando escuché un mensaje que acababa de llegar. Me siento intrigado por saber quien se había acordado de mí en esta soledad, y voy con las muletas hacia mi computadora.

– “Espero que estés bien y que me digas si necesitás algo”.
– “Un poco de alegría, porque siento más dolor del que hubiera imaginado jamás”.
– “Crees que estás muriendo y no es así. ¡Sé cómo puedo ayudarte, ahí llamo un taxi y te venís para casa!”.
Charlamos sobre miles de cosas, luego me enseñó su colección discográfica, su punto de vista optimista y así comenzó una eterna amistad.

Si no hubiera sido obstinado y con la ayuda de los médicos, quizás la rehabilitación hubiera funcionado pero “¡Que mierda! Los desafíos me encantan y era algo que debía experimentar. Enfrentarme al dolor, despertarme y encontrarme de nuevo” – Entendí que tenía que perderlo todo para encontrar mi camino y luego, libre de todos esos pensamientos obscuros, volver a empezar.

<-- Capítulo 1